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Domingo 19 de marzo de 2006

Homenaje al padre Hugo Salvato

Padre nuestro que estás en el cielo...
Los primeros años y el 
viaje hacia Argentina

En este suplemento especial que EL DIARIO entrega a sus lectores, en homenaje al padre Hugo, el escritor, historiador y amigo personal del sacerdote, Rubén Rüedi, nos descubre aspectos reveladores de su infancia en Italia, su adolescencia, su pasión y su misión en Villa María y Villa Nueva


 
Hugo Salvato en sus primeros años de sacerdocio, en Italia

Corre el año 1945, los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial se desvanecen en las campiñas de Italia; el Eje sucumbe ante el paso arrasador de los aliados. Europa está impregnada por el perfume desolador de la muerte; está bañada en lágrimas.
El niño camina con pasos de niño por los lúgubres pasillos del seminario. Una luz tenue se refleja en las gotas que se deslizan por sus mejillas. Son lagrimitas del niño hombre que avanza sigiloso a encontrarse con su propio destino, a escribir una historia que sabe distante pero de la que está hilvanando las primeras letras.
Vislumbra un futuro signado por su derrotero en el que a fuerza de convicciones plasmará sus sueños. Sabe muy bien que hoy comienza la historia.
Atrás ha quedado Pieve di Curtarolo, el terruño natal que guardará en sus entrañas la infancia que deja; febril, plena, a cielo abierto entre las labores hortelanas de sus padres y el latir de nueve pequeños apretujados en la cocina, hermanados en el pánico cuando los bombardeos en tiempo de guerra estremecían la región del Véneto.
De pronto se detiene. Sus ojos de cielo recorren los antiguos muros del seminario de los padres pasionistas. Está en la ciudad de Erba, provincia de Como. Camina nuevamente y conmovido sigue entrando hacia su otro bautismo del que ya no habrá regreso, porque de la vocación nunca se vuelve. A contraluz del infinito pasillo se recorta una imponente figura que avanza hacia él. Vuelve a detenerse.
- Paolo Salvato, de Pieve di Curtarolo, bienvenido a la Pasión de Cristo.
Se siente pleno, su corazón late con fuerza inusitada, sus ojos de cielo adquieren tonalidades edénicas, las lagrimitas se mimetizan en su dulce sonrisa; ha escuchado muy bien:  la Pasión de Cristo...  su propio destino.
Ahora avanza con paso firme junto al sacerdote que lo recibe.
El viejo pasionista, conocedor de la melancolía que gana a los novatos recién llegados, lo toma del brazo y le habla animadamente, le detalla las rutinas del seminario, le pregunta por el viaje. El niño le cuenta las peripecias del camino.
Su hermana Rita, la mayor de los Salvato, a lomo de caballo lo llevó desde su pueblo hasta San Zenón degli Ezzelini, desde donde tomó un vetusto colectivo hacia Erba.
El cuarto es estrecho, austero, pero en él Paolo podrá recrear el mundo; el que vive y el que sueña. Deja su menudo equipaje sobre del camastro, se postra ante la imagen sagrada y reza.
Reza por los que dejó, reza por él y por los que vendrán, y se duerme con el recuerdo del último beso de Rita, quien lo acompañó hasta el umbral más trascendental de su vida. Allí donde comienza la historia. 
La historia del misionero.
 

El edificio que ocupaba el convento de los padres pasionistas, uno de los lugares donde se formó el padre Hugo Salvato

Rumbos del alma

En su camino al sacerdocio recorrió el norte de Italia desde el seminario de Erba al liceo Mondoví de Cúneo, en el Piemonte, para luego estudiar Teología en Caravate, región de Lombardía y terminar sus últimos estudios en la Universidad de Laterano, ya en Roma.
Volvió al norte donde permaneció entre los años 1959 y 1965 como encargado de la Vocación Sacerdotal del Piemonte, la Lombardia y su Véneto natal.
Pero sería en la Roma milenaria, la ciudad de las colinas fundacionales  del gran Imperio, allí donde la humanidad concentró sus culturas para extractar la civilización de Occidente, donde el destino le puso proa hacia América.
Eran años de profundos cambios sociales y de innovadoras transformaciones culturales.
Terminaba el primer lustro de la década del 60’, el mundo tendía hacia propuestas destinadas a sepultar el pasado inmediato y comenzaba a construir un destino más humano renegando de los cánones preestablecidos que habían sucumbido en ríos de sangre y oprobio.
La juventud alzaba las nuevas banderas de liberación e igualdad clamando por la paz y los derechos de las minorías segregadas. Los Beatles sonaban en plenitud y Martin Luther King era el rostro de los negros norteamericanos que exigían trato humano. El Che Guevara mostraba su torso desnudo entre los zafreros de Cuba y encendía la llama de la revolución posible en América Latina.
En Argentina el pueblo lloraba la orfandad de Perón y cobraba vida el primer embrión de la resistencia armada.
En Africa la negritud clamaba independencia y Japón, silenciosamente, elaboraba tecnología como una incruenta venganza de Nagasaki e Hiroshima.
Juan XXIII calzaba el hábito de la paz y su buonomía prendía en el corazón de la grey católica.
Mientras en el estudiantado de París larvaba el Mayo Francés, a orillas del Tíber, donde lavaran sus pecados los emperadores romanos, Paolo Salvato, ya con el nombre misionero de Hugo, conoció al pasionista descendiente de irlandeses Alberto Deane, obispo de la diócesis de Villa María.
- Hubo coincidencias desde el primer diálogo. Deane vislumbró en el joven sacerdote del Véneto al hombre justo para su proyecto pastoral en la lejana ciudad de la pampa gringa argentina. 
- Fue una conversación onírica, un encendido intercambio de sueños.
- El italiano hablaba de labrar en los niños para cambiar la humanidad desde la raíz, de rejuvenecer al mundo. 
- El corpulento hijo de irlandeses le contaba de un pueblo mediterráneo donde todo estaba por hacerse y donde sus utopías tendrían seguro anclaje. Le hablaba de Villa María como quien habla de un páramo donde la primavera retiene sus brotes y en el humus mora la esperanza aguardando la chispa del estío para encender el sol. 
Tierra de inmigrantes, inconclusa y fértil.
Había que construir. Y el misionero allá fue.

Proa hacia el prójimo

Setiembre de 1965. A la distancia queda Génova con sus historias de adioses, con su puerto atiborrado de leyendas desgarrantes. Desde allí partieron los barcos con sus vientres henchidos de hombres y mujeres que llegaron a América ávidos de encontrar su lugar en el mundo.
Si los muelles de Génova hablaran sus palabras serían lágrimas de destierro. 
Partir es morir un poco. Es fragmentar la vida en soledades, es olvido y algunos vagos recuerdos. Partir es dolor, y regresar, a veces, es hermoso.
Pero esa mañana, que iluminaba el mar desde la matriz del otoño, el misionero  sentía que el viento marino le traía buenos augurios desde lontananza. 
Permaneció un largo tiempo en la cubierta del cabo San Vicente mirando hacia el infinito y en un momento sintió que él y todos los hombres eran el infinito.
Estaba feliz, porque para él partir era llegar a las fuentes mismas del origen: a la Misión de su vida. 
Fueron días de recogimiento en altamar. De profundos encuentros del hombre con la inmensidad y del infinito con el sacerdote.
Iba quedando atrás la espectral visión, desde el puente izquierdo del barco, de los pálidos caseríos del Marruecos musulmán y él ya estaba imaginando las bochornosas costas del Brasil. 
Justamente allí hubiera desembarcado si no fuera por su encuentro con Alberto Dean.
Tal vez allí hubiera radicado su misión; entre los indómitos xavantes que habitan el Mato Grosso y a los que sólo se llega navegando por las infectas regiones que surca el río Das Mortes, o en las impenetrables favelas, o en la sincretista bahía de Jorge Amado Brasil era su primer destino elegido. El país de la policromía cultural que entonces padecía la dictadura del general Castelo Branco, quien pobló las cárceles con cuarenta mil presos políticos después de derrocar, con el apoyo de Estados Unidos, al Gobierno progresista de Joao Goulart.
Frente a las costas de la tierra herida por el oprobio del envilecimiento humano él rezó en voz alta por sus hermanos: los descendientes de los negros esclavos.
Atrás había quedado el cansino galopar por el Atlántico cuando el barco a duras penas se desplazaba sobre el fango del Río de la Plata, ya sin brumas, hacia la silueta europeizada de Buenos Aires.
La primavera no había hecho más que comenzar.
 
De pasado y destino están hechos los hombres. Algunos son un simple caminar hacia la muerte y otros una rebosante expresión de vida.
La vida. Un destello fugaz entre dos grandes eternidades. O el singular rasgo de la especie humana, cuando es fecundidad del espíritu y armonía de la materia. 
El padre Hugo Salvato hizo de su existencia un derroche de vida. Dio todo a cambio, tan sólo, del enaltecimiento de su conciencia.

Será un paradigma del hombre nuevo. Despojado de toda mediocridad que conlleva la vorágine mundana fue construyendo un mensaje de grandeza humanista destinado a proyectarse en las generaciones venideras.
Su ejemplo de vida es la conjugación de un presente que tiende, por antecedentes históricos, hacia la plena realización de la condición humana del ser.
Salvato escribió una de las páginas más coherentes del legado cristiano. 
Vilipendiado y sublimado, por unos y otros, siempre tuvo a los desterrados de la dicha caminado a su lado.

El padre Hugo será mucho más que un ícono. Fue un hombre de carne y hueso que decidió existir en función del prójimo, con el derrotero de trazar un surco profundo en el camino hacia la realización comunitaria de los pueblos

 
Villa María, la tierra prometida
La juventud se arremolinó espontáneamente en torno a su figura. La estrategia para convocar fue la simpleza, la palabra directa y propuestas concretas para una generación que vivía un proceso histórico como real protagonista





Monseñor Deane, el primer obispo de Villa María, quien en Italia invitó a Salvato para que conociera esta tierra

Deporte, naturaleza y compromiso solidario fue el trípode en que asentó su espacio de contención para los jóvenes.

El padre Hugo Salvato llegó a Villa María para desalmidonar la Iglesia, ponerle alma y sentimiento terrenal.
Después de permanecer un tiempo en las Hermanas Rosarinas aprendiendo el castellano ingresó como capellán a la iglesia Catedral abriendo de par en par los portales del templo villamariense y cientos de niños y adolescentes abrevaron su realización personal en el fresco manantial, que como un surgente de luz, emanaba de las pétreas convicciones del cura pasionista; bálsamo en tiempos de abruptos cambios que avizoraban futuros promisorios.
El misionero llegó para innovar y desde su primer día en la tierra ctalamochitana comenzó un vertiginoso proceso de transformaciones.
A pesar de su dificultoso castellano hablaba el mismo lenguaje de la gente y asumía actitudes de vida identificadas con el padecimiento del pueblo humilde.
Produjo un fenómeno inédito en la ciudad. Los hijos de las familias representativas, por su buena condición económica, se confundían con los hijos de las familias obreras en las tropas de scouts que el padre Hugo había formado recién llegado a Villa María.
El movimiento Scout había nacido en Inglaterra a fines de la Primera Guerra Mundial fundado por el general Baden Powell, quien bajo el lema “Siempre listos para servir” le dio al movimiento una impronta universal sin distinción de credos ni religiones.
Salvato transportó esa experiencia a esta región logrando una convocatoria inusitada. 
En la misa del domingo la iglesia Catedral desbordaba de pibes.
 
El sacerdote, entre la gente de Lourdes y Villa Carlitos
Hugo Salvato, el padre de todos nosotros, con nuestros hijos
Hugo, en un sulky tirado por un petiso, rodeado de niños, de amor, de vida

En octubre de 1968 el padre Hugo Salvato se hizo cargo de la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en barrio Ameghino, donde puso en marcha el primer movimiento solidario genuino de la ciudad.
La Villa María opulenta y recientemente centenaria empezaba a reconocer su pobreza. El misionero sacudía la realidad desempolvando desde el olvido la postergación social de uno de los barrios más poblados y humildes de la otrora estancia de los Ferreira. Allí estaban las necesidades básicas insatisfechas, en los pobres que también “existían”.
Y la ciudad mostró, con relativo orgullo, su primer comedor comunitario que cobijó a más de cien chicos con “ganas de comer”.
La parroquia de Lourdes convocaba a vecinos de sectores históricamente olvidados por los gobiernos de turno. Los suburbios de Ameghino, Nicolás Avellaneda, Carlos Pellegrini, componían el radio de acción de la parroquia que a partir de la llegada del padre Hugo se extendió a gran parte de la ciudad. 
Vecina a la zona de prostíbulos que desde fines del Siglo XIX ya eran tradicionales en el lugar, la parroquia de Lourdes era el sitio ideal para el trabajo pastoral de Salvato y la gente humilde adquirió un protagonismo inédito en las actividades de la iglesia.
En Lourdes, Salvato acrecentó la actividad scout, extendida a toda la región, y puso en marcha los campeonatos nocturnos de fútbol infantil que convocaban a multitudes en torno a la cancha aledaña a la iglesia.
Desde allí tendió un puente social que la clase media de la ciudad se atrevió a cruzar celebrando casamientos y bautismos en la otrora ignota capilla.
Y también, desde su pastoral barrial, organizó innumerables campamentos por la plural geografía argentina y cinco viajes a Europa con jóvenes, a muchos de los cuales acercó por primera vez a la realidad social de los habitantes de las polvorientas calles de tierra que se agolpaban en torno a su prédica. Es que Salvato siempre fue un pontonero que acortó distancias humanas, culturales y hasta geográficas, desde la humildad y el ejemplo práctico.
“La mejor educación es el contacto directo con la realidad. Los niños de escolaridad primaria deberían conocer la provincia, los secundarios el país y los universitarios el mundo, de esta manera se acortarían las distancias entre los hombres y otra sería la humanidad.” 
Esta simpleza pedagógica es uno de los signos distintivos de su derrotero. 

De Roma a Villa Carlitos

El misionero venía de experiencias sociales muy profundas. En los años inmediatos a su ordenación sacerdotal visitó las cárceles de Roma junto al Papa Juan XXIII, el pontífice precursor de la apertura del Vaticano hacia todos los universos de la fe. 
Es que Roncalli, quien siendo un joven sacerdote asistiera durante la Gran Guerra a los heridos en el mismo campo de batalla,  antes de asumir como cardenal y patriarca arzobispo de Venecia cumplió funciones oficiales en Bulgaria, Grecia, Turquía y otros estados de Europa Oriental, como así también en la nunciatura de Francia. Su contacto directo con el dolor y su peregrinaje por distintos pueblos y culturas le dieron una perspectiva amplia y tolerante de la diversidad humana.
Hugo Salvato y Angelo Roncalli, coterráneos del Véneto, caminaron como padre Hugo y Juan XXIII los lúgubres pasillos de las cárceles romanas asistiendo espiritualmente a los condenados. 
De aquel gesto de la Iglesia, comprometida también con la suerte de los marginados, el misionero extrajo una experiencia de vida que plasmó en su relación con el pueblo de los suburbios.
Fue, entonces, que en la populosa “Villa Carlitos”, como generalmente se conocía al suburbio donde está enclavada la parroquia de Lourdes, bendijo a quienes venían de algún fracaso matrimonial cuando el divorcio en el país aún era tabú y bautizó a “hijos de la vida” y comulgó a quienes tuvieran la voluntad de hacerlo y dio el postrer adiós a los suicidas y abrigó en el templo a los marginados de la sociedad. 
El pasionista se había convertido en el cura de “los unos y los otros”. Era el sacerdote diferente, en la prédica, en la acción.  El olvidado barrio de extramuros comenzaba a tener dinamismo social y se sentía dignificado.
La parroquia de Lourdes adquirió una importancia inusitada deviniendo en el centro de participación comunitaria más importante de la ciudad. Durante las misas el templo contenía a fieles de todos los estratos sociales
La obra del padre Hugo trascendía a toda la región y muchos curas de pueblos vecinos se referenciaban en ella. Pero la jerarquía eclesiástica de la diócesis percibió que perdía protagonismo y comenzaron los recelos. 
Para colmo de males, el cura de la ruta pesada continuaba transgrediendo ciertos códigos medievales del servicio religioso y su autonomía financiera y pastoral se hicieron intolerables (para el Obispado, encabezado ahora por Guillermo Alfredo Disandro).
 
Nota de la Redacción: llegado a este punto, el autor prefiere dejar para más adelante el análisis del comportamiento de Disandro, que quitó a Hugo del medio, lo envió a Punta Alta y luego hasta lo apartó del sacerdocio. Ese capítulo se relatará en un momento más oportuno.
 

Hugo ante los bungalows para albergue temporario
Hugo en medio del anfiteatro de la Comunidad...
 
La Comunidad Joven para la Gran Comunidad
El ingreso a la Comunidad Joven para la Gran Comunidad, en el barrio San Antonio de Villa Nueva
Sobre estas líneas, Hugo, en el anfiteatro, rodeado por niños

Como un arquitecto de almas, pero humilde como un albañil, ladrillo a ladrillo comenzó a construir lo que sería la Comunidad Joven para la Gran Comunidad.
No estuvo solo; silenciosa y anónimamente hubo quienes le acercaron una mesa, una puerta, un árbol, alguna carga de arena, o simplemente los brazos y el solar de barrio San Antonio comenzó a tomar forma de pequeño paraíso terrenal.
En su terruño natal, a donde también había trascendido el altruismo de su obra, la solidaridad tomó cuerpo y los padovanos sumaron su apoyo para que el hijo dilecto concretara los sueños evangelizadores en el perdido rincón de la América del Sur. También los vecinos de Morazzone, en la provincia de Varese, donde los padres de Hugo vivieron sus últimos años, acercaron sus corazones a la cruzada del misionero.
Así levantó la capilla, que llevaría el nombre de San Ignacio por ser el 31 de julio, día de este santo, cuando el padre Hugo puso, literalmente, el primer ladrillo de su nueva obra en 1985.
Así construyó toda la infraestructura necesaria para albergar prioritariamente a los niños en situación de riesgo mientras él siguió morando en la original casita de un solo ambiente.
Y desde allí retomó el tempranero peregrinaje por los comercios de Villa María y Villa Nueva recolectando alimentos y ropas para los que nada tienen.
También, desde ese lugar en el mundo, irradió los centros de caridad por barrios de las dos ciudades donde hombres, mujeres y niños se encuentran diariamente con el milagro bíblico de los panes divididos.
En tiempos de descreimiento colectivo en los estamentos oficiales y hasta en las mismas instituciones benéficas, la casa dormitorio del padre Hugo se ve atiborrada de alimentos y vituallas que circunstanciales benefactores depositan en sus manos para ser distribuidas entre las necesidades del prójimo, porque en este país,  donde  olvido y desprecio son ley, aún persiste el gesto solidario y el desvelo por la suerte del otro. Aún hay gente que ama al prójimo.
Es que él predicó con el ejemplo y nunca se llevó un alimento a la boca si antes no estaba saciado el hambre de quien tenía al frente.
Su ascetismo no es flagelo; es una actitud de vida ante la voracidad consumista de una sociedad regida por el “sálvese quien pueda”.
Salvato es el vaso comunicante entre las distintas realidades: los que viven, los que a duras penas sobreviven y los que apenas viven.
Al misionero le bastó su fe, un pedazo de tierra y la argamasa humana para bajar a Cristo de la cruz y ponerlo a caminar entre los hombres.
 
Un obispo que lo reconoció
Rodríguez, el prelado que devolvió a Hugo al sacerdocio

Roberto Rodríguez asumió como obispo de la diócesis de Villa María advertido del “problema Salvato”. 
Munido de una cintura política que nada tenía que envidiarle a la de Cicerón Colabianchi, quien se movió con ductilidad cuando tuvo que desenvolverse entre los masones villamarienses de su época, el obispo hizo un buen análisis de la realidad de su feudo religioso y actuó en consecuencia.
El misionero abrió los ojos y se encontró con la figura del prelado al que sólo conocía por las fotos de los diarios.
- ¿Como estás Hugo?, le preguntó el obispo. 
- Me duele hasta el alma, le contestó el pasionista.
- Cuando estés bien hablaremos de todo lo que no hemos hablado hasta ahora, que Dios te bendiga, se despidió el obispo de la diócesis de Villa María.
A los pocos días, Salvato retornó a su misión del barrio San Antonio donde inmediatamente volvió a recibir la visita de Rodríguez.
Esta vez, el hombre que ostentaba la púrpura estola le traía las buenas nuevas: la Iglesia reconocía en él a un sacerdote abnegado en la comunión con Cristo. Un pescador de almas que no había hecho otra cosa que sumar voluntades a la causa del catolicismo y predicar la doctrina cristiana en los más recónditos tugurios de la miseria.
Su obra sería reconocida oficialmente y legalizados sus servicios religiosos. Ya nadie podría hablar de él como de un cura clandestino.
El misionero escuchó las palabras de Rodríguez, se dirigió hacia su humilde capilla y dio gracias a Dios.

El regreso

La Catedral de Villa María guarda el secreto de la diversidad ideológica en armonía con los procesos históricos. En tiempos en que las definiciones políticas eran irreconciliables, la ciudad contó con hombres que supieron estar a la altura de las circunstancias y adoptaron actitudes de grandeza que permitieron el desarrollo progresista del otrora paraje del Paso de los Ferreira.
Es que la Catedral de Villa María, vaya paradoja, fue obra de los anti clericales, es decir de los masones.
El templo mayor de la ciudad abrió sus puertas como cualquier domingo. Pero no era un domingo cualquiera.
Así lo decía la cantidad de gente que se agolpaba por entrar y la prensa, que se disputaba los lugares expectantes para cubrir el acontecimiento.
El padre Hugo Salvato estaba de regreso.
Los sacerdotes preparaban menesterosamente el altar para el oficio religioso. Era una rutina de domingo.
De pronto se abren los portales de la Catedral. El resplandor otoñal se filtra iluminando la escena. La gente vuelve sus miradas hacia el cono de luz que penetra desde el pórtico. Allí se dibujan dos siluetas distintas. Una es robusta y avanza lentamente, la otra es espigada y avanza lentamente.
Una lleva sobre su cabeza la mitra obispal, la otra lleva sobre su corazón el corazón de la Orden Pasionista.
Las dos avanzan.
De pronto la multitud que colma el templo comienza a aplaudir.
La espiga se dobla ante el altar y lo besa.
Alguien exclama: ¡viva el padre Hugo!
Se hace un silencio y la misa comienza. El padre Hugo Salvato ha regresado a la iglesia Catedral después de una larga ausencia.
No está cómodo, tiene prisa, está ansioso por regresar al solar de San Ignacio, donde sabe que lo espera la calandria que anuncia su nido.
 

Hasta aquí el extraordinario aporte de
Rüedi, que ojalá termine en biografía

Esa salud tan frágil

Con la nueva bendición del obispo Roberto Rodríguez, con la inmensa satisfacción de la vuelta al seno de la Iglesia, Hugo comenzó a militar con más fuerza y con más trajín cotidiano en la solidaridad con el prójimo. Y de una manera directamente proporcional, su salud comenzó a desmejorar. Una diabetes crónica fue minando su organismo aquí y allá, obstruyendo arterias, hinchando sus piernas, apretando el corazón... Así, los esfuerzos mayúsculos que suponían los viajes que realizaba a Italia para ver a los suyos y recolectar ayuda, lo llevaron en más de una vez a ser internado e intervenido quirúrgicamente en ese, su país de origen.

Así, por ejemplo, EL DIARIO informaba el 8 de agosto de 2004 que “un pico de diabetes hizo que el padre Hugo Salvato sufriera un infarto durante su estadía en Italia, donde ahora permanece bajo estricto cuidado médico.  El sacerdote Fabián Gili asumiría su remplazo en su obra de Villa Nueva...”.
Unos días más tarde, su médico de cabecera, Hugo Gagliesi nos decía que el padre estaba “muy amargado por la actitud de los médicos italianos que todavía no lo dejan venir".
Y luego, ya de regreso él nos confesaba:  “Estoy alegre porque regresé a Argentina para seguir consagrando mi vida para los que menos tienen... Perdí 11 kilogramos; me fui con 92 y ahora peso 81”.
Mejoró, siguió adelante con su misión de cada día, y el año pasado regresó a Italia, donde pasaría otro mal trance. El domingo 17 de julio, nuestro título excluyente transmitía un pedido suyo desde la península mediterránea: “Recen por mí”.
“Por favor, doctor, haga saber que Hugo pide a sus fieles que recen por él”. La frase, cargada de amor y también de angustia, había sido dicha a Gagliesi por una hermana del padre que llamó desde Italia.
Mejoró otra vez y regresó nuevamente, pero a los más cercanos ya por entonces les susurraba que venía a morir a la Argentina, a su Comunidad Joven para la Gran Comunidad, en Villa Nueva.
 
Ese final tan temido

En nuestra edición del sábado 18 de marzo tuvimos que dar a nuestros lectores esa noticia tan temida, que duele a cada golpe sobre el teclado de la máquina. A lo largo de la portada y la página 2, referimos los dramáticos momentos que se vivieron en la Clínica Gregorio Marañón, donde a las 23.39 del viernes dejaba de vivir el misionero, el único, Hugo Salvato.

Hugo ya era definitivamente el padre de todos nosotros y sería enterrado dentro de la quinta, en su Comunidad.


Una multitud en el adiós
Padre nuestro. La gente reza y eleva sus manos al cielo
Multitud. Todos quisieron despedir a Hugo

La jornadacomenzó hacia las 4 de la mañana en la quinta, cuando sevivieron las primeras escenas conmovedoras. Al llegar el vehículoque trasladaba el féretro, los dálmata del padre Hugo comenzarona llorar de una manera desgarradora y todos los colaboradores de la ComunidadJoven intentaban aquietarlos.
Luego, conlas primeras horas del día, los mismos muchachos fueron cavandoel pozo en el que sería sepultado.
La gente delhumilde barrio iba llegando por la mañana, los niños se acercaban,los mayores se abrazaban. Reposaban la tristeza en los bancos del parque.Por ahí caminaba ensimismado el intendente de Villa Nueva, MarceloFrossasco, quien decretó tres días de duelo y anticipóa este medio que el lunes enviará un proyecto al Deliberante paraque la calle Tierra del Fuego, la que corre frente a la quinta, pase allevar el nombre de padre Hugo Salvato.
Ya por latarde, el desfile se hizo multitud, hasta reunir a unas 2.000 personasde todas las clases sociales para las 18, cuando comenzó la misaconcelebrada y de cuerpo presente, presidida por el obispo Roberto Rodríguez.
El oficiotuvo lugar en las puertas de ingreso a la pequeña iglesia, y losfeligreses del cura Hugo lo siguieron escalinatas abajo. El cajóndescansaba en la vereda que lleva desde el templo hacia el anfiteatro,y todos los que no habían ingresado a la capilla ardiente, quisierontocarlo.
Uno de losreligiosos que acompañó a monseñor, el padre Sergio,había sido bautizado por el propio Hugo.
En la homilíamonseñor engrandeció la figura del pasionista italiano arribadoa esta tierra a mediados de los ´60 (ver el recuadro titulado Lahomilía...).
Una vez finalizadoslos rezos por la paz de Hugo, el cajón que guarda sus restos fuellevado a pulso hasta la morada final, a unos 50 metros y a sólodiez de la entrada al predio.
La gente searremolinó en el lugar y muchos fueron ganados una vez máspor las lágrimas. En un determinado momento, alguien comenzóa aplaudir y el aplauso se hizo mayor, ruidoso, comunitario, mientras losdespojos mortales descendían al interior de la tierra y su almase elevaba, llena de gloria, de gracia y contagiada por el amor que letributan todos los que reconocen la enorme enseñanza de vida queles ha entregado.
 
Un mailde los hermanos, desde Italia
Rita, la hermanamayor del padre Hugo, una de las firmantes del e-mail

Antes de iniciarseayer la misa concelebrada en la parroquia de San Ignacio, en el barriovillanovense de San Antonio, el mismo obispo Roberto Rodríguez,leyó a las más de 2.000 personas presentes un e-mail firmadopor los seis hermanos del sacerdote fallecido.
El texto esel siguiente:
“Hemos recibidocon profundo dolor la noticia de la muerte del padre Hugo, y nos unimosa ustedes en la plegaria.
Le agradecemosal Señor por todo lo que ha obrado entre ustedes, aun olvidandoy dejando de lado su salud.”

Ese fue unode los puntos con mayor carga emotiva, incluso cuando la ceremonia religiosaestaba por comenzar.
Reciéncuando concluyó con la lectura del mensaje recibido vía Internet,el titular de la Diócesis local dio comienzo al oficio religioso,en el que engrandeció la figura del difunto y exhortó a continuarcon su obra.
 
La homilíade monseñor Rodríguez
Este es eltexto de la homilía improvisada que ofreció en la tarde deayer el obispo a los fieles:
“Hugo fueun cura especial, que entregó su vida pensando en los pobres, loshumildes, los necesitados.
Cuando charlábamos,yo solía decirle: usted va a morir con las botas puestas. Y asísucedió.
El lo sabía,porque me contestaba: yo voy a seguir hasta que se me agoten las pilas.
Su sacerdocioestuvo signado por esa forma de ser, por ese andar incesante en su camionetabuscando el pan en la panadería y la fruta y las verduras en elmercado, para quienes no tienen qué comer.
Ha dejadoasí una marca en nuestros corazones.
Ha dejadoun ejemplo de cómo debemos entregarnos a los otros, así comoCristo se entregó totalmente para darnos la vida. Y el padre Hugolo hizo...
En esas conversaciones de obispo a sacerdote nos aproximamos a ese momento, en 1999, cuando
(monseñor Guillermo Alfredo) Disandro vino para que hubiera una reconciliación.Y la historia se fue cerrando y sanando.
Ahora nostoca despedirlo, pero como dice el Evangelio: los que vienen a mí,no los rechazaré, porque yo he venido a hacer la voluntad de mipadre, que está en el cielo.
Su ausenciaaquí, en el cielo se expresa en otras presencias. La vida no termina,se transforma...
Su obra debecontinuarse. Veremos cómo. Que aquellos que son sus amigos aquí,continúen poniendo el hombro y trabajando juntos.
Próximamentedesignaremos a un sacerdote para que los acompañe.
Ahora restapedirle a la Virgen María, para que llegue a su plenitud junto alPadre, el Hijo y el Espíritu Santo”.
 
Luego, monseñorRodríguez agradeció especialmente la presencia en el lugardel referente de la comunidad judía, Pablo Gornitz, quien acompañótoda la ceremonia y antes había pasado silenciosamente por el interiorde la capilla ardiente, a brindar su tributo y su adiós al padreHugo Salvato.
 
Algunos seconsolaban dando consuelo a los dálmata del padre Hugo
El doctor HugoGagliesi (de lentes oscuros) y chicos de la Comunidad, en el momento enque tapan el féretro
Elba Flores,a la derecha, con familiares. Es la mujer que trabajó junto a Hugodesde que comenzó a limpiar la quinta que donó Jorge Valinotto

Arriba, jóvenesde la Comunidad de Salvato cavan el pozo en el que será enterradoel sacerdote, en horas de la tarde. A la derecha, llantoy aplauso colectivo cuando ya el féretro está dentro del pozo. Esel momento final, al caer la tarde del sábado 18









Edición especial de EL DIARIO



Coleccionable
El clubde Villa Carlos
Transitando los caminos de la historia para volver a vivir la Villa de don Manuel Anselmo Ocampo



 

Escribe: Jesús Chirino (*)
Concibiendola historia como una relación con el pasado que no necesariamentedebe centrarse en los grandes personajes, y asumiendo que el cambio socialno sólo se refleja en los acontecimientos políticos o cambiosinstitucionales, se nos despliega la riqueza de un amplio campo de estudioque, entre otras cosas, incluye la historia de los barrios y las prácticasculturales de su gente. En esta nota repasaremos el registro, existenteen el Archivo Histórico Municipal, de la actividad cultural y deportivaen los años iniciales de una modesta pero importante instituciónen la vida de un tradicional barrio de la ciudad, como lo es el caso delClub Atlético Villa Carlitos. 
Para iniciardebemos señalar que no debe equipararse la noción de barrioa un recorte geográfico determinado. El barrio es mucho másque los límites territoriales constituidos a partir de una necesidadadministrativa o urbanística, cosa que puede constatarse en la historiade los distintos núcleos urbanos locales que luego constituiríanimportantes barrios de Villa María. 
Para algunosestudiosos de lo cultural el barrio es “un arte de coexistir con los otros”.Con aquéllos con quienes, de manera cotidiana, entramos en contactoya sea por proximidad o por el reiterado encuentro en el espacio públicocomún del barrio. En ese espacio generamos nuestra identidad de“vecino”, algo que se ubica entre lo íntimo y lo anónimo.El barrio es el espacio que alberga la intimidad de nuestro hogar a lavez que forma parte de eso que nos resulta más anónimo comoes la ciudad. 
Si hablamosdel sentido de pertenencia que enunciamos cuando decimos “mi barrio”, debemosentender que ninguna geografía urbana adquiere esa calidad sin noadquirimos la seguridad que en sus calles caminan muchos de nuestros recuerdos.Entonces allí sentimos ser parte de ese barrio, a la vez que loreconocemos como parte nuestra. 
El barriopuede ser tan importante en la historia de un sujeto al punto de dejarlemarcas de pertenencia indelebles, y esto sucede porque generalmente esésa la región en la que se aprende la matriz de relacióncon el espacio público. 
Desde estavisión la historia de vida cultural en los barrios adquiere un destacablevalor. De allí que reviste importancia rescatar el registro de lavida social y cultural de las modestas instituciones fundadas por vecinosde nuestros barrios.
 

Club AtléticoVilla Carlitos

En la segundadécada del Siglo XX, la fisonomía rural del sector que ahoracorresponde al barrio “Nicolás Avellaneda”, comenzó a sermodificada por la construcción de humildes casas. Allí sefundaron los hogares de cientos de familias de trabajadores.

La urbanizaciónfue conocida popularmente como “Villa Carlitos”, algunos dijeron que esadenominación se debía al primer nombre de uno de los hijosde Carlos Anselmo, dueño de terrenos en el sector. Otros teorizaronque en realidad el “Carlitos” guardaba directa relación con el primernombre de ese propietario que desarrolló varios emprendimientosurbanístico en la ciudad. El sector, paso a paso, fue construyendosu identidad. Sin lugar a dudas, uno de los hitos en ese sentido fue lafundación, el 18 de setiembre de 1941, del “Club AtléticoVilla Carlitos”.
En aquellosaños eran varias las instituciones deportivas que animaban la vidacultural de la barriada villamariense, y no eran pocos los casos en queel club se denominaba igual que el barrio. A modo de ejemplo podemos recordarel “Club Villa Aurora” (Fundado en 1940). 
En el casodel “Villa Carlitos”, el compromiso de la flamante comisión queregía los destinos de la novel institución se veríaen las actividades que comenzó a realizar. Por ejemplo, apenas iniciadoel mes de noviembre del año de su fundación, se dirigíaal intendente municipal Salomón Deiver solicitándole “dostrofeos consistentes en dos copas” para ser otorgados como premios en uncampeonato de bochas y otro de fútbol. El jefe comunal que ese mismoaño había inaugurado varias obras en el sector de la costanera,no descuidaba la actividad cultural en los barrios y otorgó lo solicitado.
Pero la instituciónno podía depender de manera exclusiva del apoyo oficial, tambiénella misma generaba sus propios recursos. Así en 1946, medianteDecreto municipal Nº 321, se autorizaba que el club vendiera mil númerosde rifa para recaudar fondos. En este mismo año la comisióndirectiva solicitó permiso para “realizar… dos carreras de bicicletasen el barrio Villa Carlitos”. La competencia, puntualizaba el escrito,se desarrollaría por la calle “La Rioja al 2400, hasta calle 64,de calle 64 hasta Salta, de Salta a Independencia y de Independencia aRioja”. Los deportistas del pedal recorrieron diez veces el circuito establecido. 
Los sociosno sólo se ocupaban de organizar eventos artísticos y deportivos,también dedicaban esfuerzos a cuestiones más formales dentrode la institución y así lograron que antes de cumplir eldécimo aniversario, el 8 de mayo de 1951, el club contara con supersonería jurídica. Los motivos para realizar grandes festejoseran más que fundados, y así lo entendió la comisióndirectiva que en setiembre organizó un importante “festival deportivo”para celebrar los diez años de existencia del club.
El festejode los aniversarios con grande eventos se haría una costumbre. Asívemos que en 1954, el intendente José Perazolo, en los fundamentosdel Decreto 672, decía “que estando este Gobierno comunal inspiradoen los postulados de Justicia Social que caracterizan al excelentísimoseñor presidente de la Nación, general don Juan Domingo Perón,en lo que respecta a la ayuda que debe prestarse a la entidades deportivas”,ordenaba que se comprara, en la joyería y relojería “La Suiza”,una copa, la misma sería disputada en el décimo cuarto aniversariodel club. 
En lamisma intendencia el Estado municipal autorizó dos eventos deportivosanimados por el ciclista Antonio Pulicich. Para el primero de ellos, elpresidente del club, Luis Reinoso, solicitó permiso municipal enfebrero de 1955. En la nota decía que el mencionado deportista intentaría“batir el récord provincial de permanencia en bicicleta de 65 horas,en la pista de esta institución de calle La Rioja 2650”. En el Archivono hay registro sobre la suerte de este importante evento, pero sítenemos la certeza de que en noviembre de ese mismo año, 1955, luegodel festival deportivo que se realizara para el aniversario del club, Reinosoy el secretario Quinteros, vuelven a solicitar permiso para que el mismoPulicich realizara otra prueba de resistencia. Esta vez el ciclista pedalearíaen un circuito callejero determinado par la ocasión. Antonio Pulicich,que redoblaba la apuesta, iniciaría su hazaña el martes seisde diciembre, intentando permanecer “70 horas sobre bicicleta”. 
La largadadel “campeón de la provincia de Córdoba de permanencia enbicicleta” sería desde la “monumental pista del club” a las cuatrode la mañana. El volante que publicitaba el evento, entre otrascuestiones, afirmaba “durante los días 6, 7 y 8, usted podrábailar y divertirse, mientras Antonio continúa pedaleando”. El mismoescrito aclaraba que esa vez el campeón no estaría solo,lo acompañaría su hermano Italo, “con su bicicleta denominada“vacaloca” con la que efectuaría, prometían, “interesantesacrobacias”.
No es difícilimaginar lo popular que habrá resultado el evento organizado porel club que tanto éxito tenía con sus bailes en la “pistaal aire libre”. Pero el club no se limitaba a organizar espectáculosen su sede, también utilizaba el local del “ex cine Ideal de bulevarVélez Sársfield 1901”. Así lo hacía saber SimónQuinteros en una nota, fechada en 1961, mediante la que pedía permisopara realizar un “festival de títeres y folclórico”. 
Añosdespués, con la firma del mismo Quinteros, de Adolfo Fernándezy otros vecinos del lugar, el club anuncia que realizaría “espectáculosradioteatrales”. La compañía de Plácido Giugia sepresentó reiteradamente en el barrio. Por ejemplo en diciembre de1967, Ramón Sarmiento y Antonio Morra, anunciaban que esa compañíarepresentaría la obra “Como los robles” cuya autoría le correspondíaa Angel Fernández. Meses antes, los vecinos habían presenciadola puesta en escena de la obra “La plata del gringo”.
Así, siguiendo el registro de eventos artísticos y deportivosorganizado en las primeras décadas de existencia del “Club AtléticoVilla Carlitos” (también conocido con otras designaciones), encontramosactuaciones de conjuntos folclóricos, campeonatos de bochas, partidosde fútbol, certámenes de truco, kermés y bailes congrabaciones y con orquestas. También se organizaban juegos tradicionalescomo el sapo, la tapada y tiro al blanco.
Asípretendemos dejar testimonio de algunos de los acontecimientos artísticosy deportivos que impulsaron aquellos humildes vecinos que sumaron parasu barrio. Sin embargo esa intensa actividad en aquellas décadasno era exclusividad del este club, también en otros puntos de laciudad existían grupos entusiastas que cumplían la mismafunción. Claro que la vida de estas instituciones no ha podido escapara los avatares de la ciudad y sus dirigencia. 

(*) Con datos del Archivo Histórico