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Jueves 27 de setiembre de 2007
140º aniversario
Villa María: un sentimiento
Las mil y una Villas
¿Cuántas Villa María hay? Tantas como villamarienses la transiten, la vivan, la sufran, la amen, la extrañen, la construyan. 
Las ciudades, esas bestias de ladrillo y hormigón, esas chicas sexys de neón, esas señoras gordas de batón, esas madres abnegadas, esas mujeres deseadas, esas hermanas, esas primas, esas brujas que te encantan, que te invitan y de igual modo te rechazan, están vivas, ya se sabe. Se duermen, se despiertan, crecen, cambian, envejecen, resucitan... y uno con ellas. 
¿Cuál es tu ciudad? ¿Cuál es la suya, lector? ¿A cuál sufre? ¿A cuál goza? ¿ A cuál extraña? ¿A cuál ama?
Desde EL DIARIO, invitamos a algunos villamarienses (nativos o por opción), para que nos cuenten cuál es su Villa. 
Y como creemos que un relato sólo está completo cuando alguien lo lee, esperamos que en este caleidoscopio hecho con fragmentos de  las Villa María -vidriecitos de colores- encuentre algo que lo represente, lo identifique, lo contenga. 
Sólo así, estará completo el círculo y una vez más podremos celebrar el hecho de estar comunicados. Ojalá. Con este deseo, que se renueva a diario, queremos llegar a su casa para agradecerle que nos haya permitido entrar. 

“El alba atravesado por las bicis de los laburantes”
Aire que entrego y recibo
Escribe Alejandro Schmidt*
Para algunos la ciudad es su casa.
Para otros es casi lo opuesto, un frío, una distancia, un espinoso círculo.
¿Cómo definir nuestra ciudad o nuestra casa, cómo hablar de nosotros sin nosotros?
Están convencidos, bastantes, de que su vida comienza y termina en ellos, en sus vínculos, en cierta idea o sensación del mundo, en la fatalidad de unas células que portan documento.
Personas, memorias, hábitos, espacios, la ciudad nos crece y nos lleva, nos guarda, nos desampara.
Para mí escribir o pensar Villa María equivale a sentirla.
Para algunos, sentir es poseer o ansiar lo que se siente, para otros, sentir es una ráfaga del misterio, la pasión, la pena o una confusión, un pánico.
¿Cómo le describiríamos nuestra ciudad a un extraño, bastaría el río, el ferrocarril, el centro del país, los tambos? ¿O una serie de nombres en su equívoca cita con la historia?
¿O hablaríamos de nosotros para mostrar la ciudad? ¿De nosotros, de ellos, de quiénes?
Al pronunciar Villa María ¿a qué nos referimos? ¿a nuestro barrio, los amigos, los políticos, los deportistas de la ciudad, a los enemigos, los comerciantes, las instituciones?
Sergio Stocchero me invita a colaborar en esta página de El Diario y dice, el tema sería, Villa María como sentimiento… ¿ustedes creen que es fácil? No.
Fácil sería enumerar, citar, ceñirse a una anécdota más o menos abarcadora, a una metáfora de esas que le salen a los poetas como una plumita de la boca y creer que hallamos una llave para la ilusión de expresar en qué medida vamos siendo hechos o deshechos por la ciudad, ¿y cada árbol y el viento y el sol contra los puentes y el caballo de los cortaderos?
Lo difícil es, en tres mil caracteres con espacio, sesenta líneas, lenguaje periodístico, decirme, decirles cómo esta ciudad se transformó en mi vida. ¿Importa eso? Acaso a mí me importe pero, lo verdaderamente interesante es el alba atravesado por las bicis de los laburantes, las noches perdidas entre adolescentes y desvelos, la infinita tela de los actos ciertos, el patio, la esperanza, todo presente, tanta memoria volviéndose sangre del sentido. Pero claro, de eso no se puede escribir ni acá ni en ningún sitio.
Nieto y padre de villamarienses, al saludar a algunos, sé fatalmente de sus ancestros y descendientes, amistades, trabajos, preferencias y enconos, sé las etcéteras, porque el nacido y criado aquí hereda empatías, prejuicios… En estas ciudades aún pequeñas nadie camina solo. ¿Y el qué llegó ayer, hace un año, diez?, ¿qué siente, cómo camina la ciudad, con qué tropieza, hasta dónde avanza volviéndose un íntimo testigo?… ¿y el que viene los fines de semana o en vacaciones?, ¿y el país que pasa de noche durmiendo o expectante?, ¿qué ve?, ¿otra interrupción en la infinita llanura cordobesa? Y esos que te preguntan cuando andás por cualquier costado del país: ¿sos de Villa María?¿Cómo están la sierras? Y esos que te miran como si hablaras de la nada o de un pantano.
Ahora, para algunos Villa María es el casino; un lugar hermoso para irse, un desafío…una imagen a escala del país, un tontódromo, una herida. Para otros el único escenario, aquel oscuro espejo, el techo de sus sueños, el sótano del cielo.
Para mí la ciudad es, también, una superstición, un hueso, un aire que se entrega y se va, como el amor, las lágrimas, el tiempo.
 
*Poeta villamariense con 32 libros publicados y 
editor de casi medio centenar de autores. 
Sus letras caminan por el país y por otros continentes

“Tiene el sabor a chupetín y alfajor Tatín de los recreos”
Parte de lo que soy...
Escribe Cecilia “Chechu” Merchán*
Hace poco una amiga me preguntaba: ¿qué tiene Villa María que no tengan otras ciudades? ¿Por qué la querés tanto si tu familia es oriunda de James Craik?  ¿Tantos recuerdos tenés si solamente viviste unos cuantos años?
La mudanza ha sido una constante en mi vida y quizás por eso aprendí que las ciudades y los pueblos tienen geografías pero fundamentalmente tienen las sensaciones y los sentimientos que una se lleva al partir y que  también deja en las huellas compartidas.
Villa María tiene el olor a preparativos de Farándula. Perfume a primavera mezclado con plasticola, pintura para la cara con clara de huevo, papel maché, con creolina del mameluco de mi hermano regresando de la Escuela del Trabajo.
Tiene el sonido de los cuchicheos de amigas dentro del baño de mi casa (el mejor lugar para las confesiones). Tiene el ruido de las carcajadas sin inhibiciones, de los llantos más profundos, de peleas absurdas y otras no tanto.
Villa María tiene el sabor de los primeros besos de amor, tan ricos, tan dulces, tan completos para gustar. Tiene el sabor a chupetín compartido y a alfajor Tatín de los recreos.
Tiene los nervios del primer “lento”, de los largos abrazos de la pasión que se figura eterna. Tiene las cartas de amor más transparentes. 
Tiene la honestidad de la amistad profunda, de los mejores amigos, de la búsqueda de nuevos horizontes, de acompañarnos a averiguar para dónde queremos ir, qué queremos ser.
Tiene la iniciación sobre historia argentina con la ayuda de mi vieja regalándome biografías de hombres y mujeres, de Evita y el Che. 
Tiene las Sonseras Argentinas de Jauretche entregadas en mano por mi profe Juan Montes.
Tiene el desafío que nos hicimos a terminar y presentar nuestra “Gris de Ausencia” de Roberto Cossa practicada tantas veces en el Sótano de la Madrileña con el empeño puesto en cada detalle, con la energía del Marquito Bonetto que ya sabía en ese entonces que se dedicaría al teatro y al canto.
Tiene la sorpresa ante los colores que se desataban cada vez que Gloria Seco abría las enormes cajas que guardaban en secreto los títeres más lindos que hubiéramos visto con la Fer Repetto, con quien compartimos una amistad profunda y eterna y en ese momento casi todas las ilusiones, entre ellas la de ser tan buenas titiriteras como la misma Gloria. 
Villa María tiene mi diario íntimo desde los 12 a los 16 años, escrito sin interrupciones. A veces me atrevo a mirarlo de nuevo, para saber lo que soñaba, lo que deseaba, lo que aspiraba.
No fui titiritera, ni actriz, ni historiadora, ni formé una familia de cinco hijos con el Negrito, mi primer amor. No encaré todos esos caminos que escribí ni fui todos las cosas que potencialmente puede ser una adolescente, pero tengo a Villa María como parte de lo que soy, en cada nueva carcajada, en cada bronca, en cada nueva amistad, en mi militancia diaria por transformar lo injusto, en la forma que aprendí a compartir, a querer, a sentir.
 
*Funcionaria del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación y 
candidata a diputada nacional

“Tres por un beso”
México y San Juan
Escribe: Enrique “Cacho” Aiello* 
El álbum rojo, la fe 
encendida
El rito de la siesta
Y los bolsillos llenos 
de piedras
Para alcanzar la luna
 
Siempre salías de mediodía
Con el sol en el pecho
Y alucinaba, me preguntaba
Cuándo te lo diría
 
Música de carnaval
Que todo vuelva 
a comenzar
Sé que esperarás
Sentado en el cordón 
de los días
Agua potable, Tarzán 
y El Zorro
Virgen de primavera
Era el Alhambra, tres 
por un beso
La Coca y la vergüenza
 
Algo se quedó allá 
Algo mío y de nadie más
Sé que esperarás
Paraísos del sol 
México y San Juan...

Esta letra corresponde a una canción que grabé en mi primer disco como solista,  Mondo paparazzi.
Por si hace falta aclararlo, el álbum rojo es el de los Beatles, Agua Potable fue mi primer grupo, Tarzán y El Zorro eran las primeras series que veíamos en una tele blanco y negro, el Alhambra era uno de los tantos cines que desaparecieron en nuestra ciudad, ¡y daban tres películas por función!, por supuesto que la Coca es Isabel Sarli.
México y San Juan es la esquina, donde nací, donde hice remontar barriletes de caña y cola de trapo… Allí… de niño a adolescente, allí aprendí a tocar la guitarra y  formé mi primer grupo, allí me enamoré y sufrí por amor, me llené los pulmones de aire fresco y de tierra del campito, conocí a mi compañera  y también allí armé mis valijas de sueños, y partí para intentar alcanzarlos.
Viajé por muchos lugares, pasé por otras esquinas, conseguí acariciar algunos de aquellos sueños y descubrí otros impensados.
Mi brújula y mi mapa fueron siempre saber de dónde vengo y cuánto vale lo que me formó como hombre para poder andar por otros caminos.
Regresé a Villa María después de 12 años, y ella con los brazos abiertos de madre, me sonrió en silencio cómplice, por eso sigue estando en mis canciones, en mis videos, en los invisibles hilos que conducen mi pasado y mi presente.
Aunque siga viajando, cada vez que vuelvo a la Villa, me encuentro con la mágica sensación de estar en casa, tan inexplicable como fascinante, del sitio donde viven mis amigos,  mis esquinas.
Hoy aquí, crecen mis hijas, reinventando historias, aromas y lugares, haciéndolos suyos, armando su valija de sueños, para salir a volar por allí y por qué no, volver para contarlos.
 

*Músico, compositor. Ha editado varios discos y actualmente es 
guitarrista de Piero, con quien recorrió gran parte del mundo

“Había un pequeño puente que llevaba a una isla...”
Bajar al río
Escribe: Marta Busca*
Mi hermana y Cristina suelen acompañarme a pasear por el Ctalamochita cuando ando de visita por Villa María. Lo hacen del mismo modo en que se ofrece al recién llegado la comida preferida. En esas caminatas las sigo con intermitencia; por momentos ellas van detrás o delante de mí conversando novedades de la Villa y yo me dejo ir con el agua; y me parece que ellas lo saben. 
Me dejo ir en mis celebraciones más íntimas y exorcizo las nostalgias de mi exilio porteño.
Cada bajada al río convoca a un recuerdo, al menos a uno. Las bajadas al río son muy de Villa María; algunas son más importantes y esas tienen nombre: la “bajada de la Entre Ríos”, la “bajada de la San Luis”, “la bajada del Gaucho”. Otras tienen los nombres que cada uno le adjudicó a pura anécdota, y así quedó.
 Por las  bajadas se accede a los rituales iniciáticos del dolor de crecer, del amor y el desamor y los de la comunión con las gentes indispensables. 
Guaridas de guitarreadas en tiempos en que no se podían cantar a viva voz algunas palabras como libertad o pueblo; y el compartir el mismo paquete de Particulares 30 nos daba coraje para susurrarlas. Arboles cómplices que aseguraban que nadie se acercaría mientras una ahí apoyada lloraba por primera vez un dolor que recién empezaba, que dolería siempre. Confesiones de mujeres en “la bajadita del Tuni”. El aire fresco de las mañanas de diciembre estudiando para un exámen en los bancos de “la bajada del Gaucho”. La arena de “la bajada del Santa Ana” para jugar con los niños ajenos que tanto quise.
Y el amor en esta bajada, y también en esta otra. 
La primera bajada de la que me apropié fue la de la San Luis, a los doce años. Había un pequeño puente que llevaba a una isla; el puente desapareció hace mucho tiempo, la isla se fue desgastando con la misma forma en que se gasta un palito bombón helado cuando va por la mitad. Yo vivía muy cerca y me escapaba cada día a encontrarme conmigo y a fundar quién sería. Si la isla me sobrevive, si no se derrite antes, es donde quiero estar cuando ya no esté.
Ha sido también de mi propiedad otra isla, en “la bajada de la Mendoza”, pero ahora y casi seguro por decisión de algún intendente, es parte de la orilla. Sólo quienes cruzábamos el río para visitarla seguimos viéndola en el lugar original.
Para hablar de mis recuerdos de Villa María también pude haber elegido las ceremonias de los bares. Acudirían a la cita los mismos afectos, aún aquellos amigos que detestaban el marrón barroso pero se le animaron en algún amanecer trasnochado en “la bajada del Cristo”. Suficiente esa imagen para que sean parte del río, aunque les pese.
No se me ocurre cómo alguien puede el resto de su vida enamorarse, llorar, abrazar, sentir el sol, ir a la parte honda, emborracharse, sentir comunión con alguien, si no lo aprendió en ese río. Sospecho que será posible, pero yo no puedo imaginarlo.
 
*Docente de Biología, radicada en Buenos Aires. 
Ha colaborado en importantes publicaciones 

“¿En qué otra ciudad del mundo podría estar mejor?”
La raíz, el tronco y el árbol
Escribe: Aldo Montagner*
¿Qué puedo decir de Villa María? Soy un hombre que apenas tiene sexto grado; mi escuela fue más bien la calle. Creo que lo que me une a esta ciudad es que fue la raíz de mi padre que era jujeño y quedó huérfano de muy chico. Unos tíos lo trajeron y aquí comenzó a trabajar en el taller de herrería de Bertero, un herrero muy conocido por aquel entonces. Estaba frente a la plaza de la Catedral. Más tarde puso su propio taller de herrería. Entonces nací yo, y también fui herrero. Mi padre trajo la primera plegadora y guillotina que hubo en Villa María. Estábamos en  calle La Rioja. Las trajo, pero no alcanzó a verlas. Murió antes de que llegaran. Falleció muy joven. Después de eso, nos fue mal. Quedé en Pampa y la vía. Nos remataron todo, incluidas las máquinas que había traído mi padre y que no llegó a ver. Tuve que empezar de cero; solo, sin nadie. Tenía 21 años. 
Después me casé con Marta López y me largué por mi cuenta… y ahí lo conocí a Aldo Albert. Recuerdo que me dijo: "Poné lo que vos sabés y hacemos una empresa. Yo puse mi conocimiento en el trabajo y él el dinero. Así nació Plegamet. Eramos tres: Aldo, Agapito Albert y yo. A Aldo le debo lo que soy. El me enseñó todo. Y con Plegamet nos fue bien y allí volví a comprar todo lo que me habían rematado, incluida aquella plegadora que había traído mi padre. Todavía la tengo. Así me fui formando como empresario.
Después de eso inicié Cormetal. Era siempre igual. Yo tenía visión, pero no tenía plata, aunque siempre conseguía un socio. Y con todos me llevo bien, aun después de haber disuelto la sociedad.
Mis hijos son todos nacidos acá. Esa es otra razón por la que me quedo. Mis padres descansan en el cementerio de acá. Voy todos los domingos y, si tal domingo no voy a estar, voy el día antes de irme. 
Villa María es un lugar privilegiado. Mirá, si el mundo se llegara a hundir, quedaría la Argentina y, por supuesto, Villa María. ¿Adónde voy a hacer amigos? Aunque, la verdad, cada día se pone peor esta ciudad: la inseguridad, la droga... Pero así y todo aún puedo andar en la bicicleta “Cinzia” o caminando. Me dicen: “Eh, loco, ¿qué haces en bicicleta con todos los autos que tenés?”. No me importa. Tengo que hacer gimnasia por mi salud y hago eso. No me importa que me digan “loco”. Soy un tipo frontal, y así me gusta que sean conmigo. Soy el “loco” Montagner. Empecé de cero y no le debo nada a nadie. ¿En qué otra ciudad del mundo podría estar mejor? 
He viajado mucho. He visto muchas ciudades. No encontré ninguna como ésta. Acá está la raíz, el tronco, el árbol de los Montagner. Eso es lo que me une a esta ciudad.
*Empresario, propietario de industrias Cormetal. 
Tiene empresas en otras provincias y en Estados Unidos

“Destruyen fachadas, el buen gusto y el estilo”
Volver al pago para ver...
Escribe: Eduardo Cabral*
Después de 5 años, hace justo uno, llegué a la Argentina convocado por el Día de la Madre, familia, 40 años de la Promoción, amigos, afectos. Todo eso realizado, inolvidable, irrepetible.
Pero traía sed también de conocer la nueva realidad de la ciudad ya que los medios informativos hablaban de una revitalización económica de la Argentina y los medios locales y los contactos personales me hacían pensar en una ciudad pujante, bendecida por la ubicación, la naturaleza y por un sector agroindustrial que merecía una oportunidad después de los atropellos y desmadres económicos y políticos.
Mi eterno guía Héctor Dallaglio me hizo recorrer centímetro a centímetro la nueva realidad y de pronto me pareció que estaba participando de una película del oeste americano ya que lo que estaba observando era un terrible desorden.
 Nuevas zonas pobladas sin ninguna estructura sanitaria y vial, viejos barrios aún sin un desarrollo, accesos a la ciudad tortuosos. Una inteligente ubicación de la Universidad con una insuficiente comunicación (por ejemplo: los estudiantes que vienen desde Córdoba deben cruzar la ruta esquivando el tránsito).
LLegando al centro, un cúmulo de edificios en construcción o construidos sin una planificacion social (escuelas cercanas, estacionamiento) y de una estética dudosa.
Explosión comercial que avasalla el centro y sus aledaños destruyendo fachadas que en muchos casos daban claras muestras de buen gusto y estilo, ahora han desaparecido en aras de los impuestos municipales.
Un centro que todavía permite el tránsito vehicular; les aseguro que no conozco ciudad en el mundo que no haya transformado ese sector en un paseo, embellecido y dando placer a aquellos compradores y visitantes. Y por último, los llamados casinos. Un atropello a los derechos humanos.
Si bien estas estructuras son malditamente reales y en casos necesarios lo menos que se puede hacer es que contribuyan efectivamente al medio que las soporta y para ello existen ordenanzas como en España, donde no se permite el acceso a empleados de banca y estatales en general, o sea sólo a los visitantes y al turismo que vienen a gozar de un “divertimiento”.
No conformes con esa aberración se decide construir un hotel casino que por lo pronto está muy bien, pero elevado en medio de la ciudad es increíble teniendo en cuenta todos los elementos naturales de la Villa y sus alrededores .
Si buscamos legítimamente atraer el moderno imperio que es el turismo, por qué no buscar la proximidad del Golf Club, ya que es un juego líder a nivel mundial, y complementarlo con un casino sería lo lógico. 
No hablemos de las estructuras deportivas y recreación.
Hace unos años viajé a Bosnia-Herzegovina y vi la destrucción de Sarajevo. En Zcenica vi los rastros del asedio que sufrió la ciudad. Este año tuve la alegría de volver y ver la reconstrucción de las dos ciudades pero no con una parafernalia de bloques de edificios, sino a través de la racional defensa del patrimonio histórico y la búsqueda de conservación de espacio y la construcción de modernos centros comerciales ubicados donde no dañan el paisaje ni la convivencia, un moderno polideportivo con todas las actividades imaginables donde la familias enteras disfrutan de su tiempo; en fin, sentido común y sabiduría.
Como corolario de mi visita les cuento que la pasé bárbaro, la alegría de los reencuentros, la disponibilidad de la ciudad a la diversión no tiene límites pero se sigue el camino más corto, el de mañana y no el de la planificación racional y armónica.
Sólo dos personas políticas que me han visitado en Israel se preocuparon para que les mostrara lo bueno y lo malo de aquí, Miguel Veglia y Jorge Valinotto. Y con ellos me reuní en mi visita y la charla derivó a los eternos conceptos de la inoperancia y la desidia.
Me pregunto si con esta realidad económica/pujante, con las propuestas educativas, de inversión, de divertimento, se podría juntar o alquilar algunas mentes que puedan elevar el concepto de lo que es una planificación para una ciudad moderna y con futuro. Les aseguro que esas mentes existen y el fruto de su trabajo es palpable en innumerables lugares que he conocido.
Feliz aniversario, desearía estar con vosotros, un saludo para todos.
 
*Dirigente deportivo, entrenador del seleccionado 
de rugby de  Israel, radicado en Beer Sheeva

“Saber que la ciudad más hermosa siempre nos espera”
Estar lejos, estar cerca
Escriben: Juliana y Daniela Crespo*
Lo que vemos cuando miramos, depende de la óptica de cada persona pero hay puntos de coincidencia en determinados temas.
En las sensaciones que vivencian los individuos que deben emigrar de su ciudad natal es uno de ellos.
Diversos factores pueden motivar el alejamiento temporal o permanente, pero sea cual fuere la causa, la mayoría de quienes no estamos, tenemos sensaciones unívocas.
El estar lejos de la ciudad donde se nace y crece es un proceso que implica una adaptación a un nuevo entorno, sin la presencia de los afectos que estuvieron presentes acompañándonos en nuestra infancia y adolescencia compartiendo minuto a minuto alegrías y tristezas.
Vivir lejos de los seres más queridos, no es lo ideal; pero debe tomarse como un crecimiento porque en todo momento lo difícil sirve para fortalecernos y enriquecernos espiritualmente.
Tratamos de aceptar la incorporación a un paisaje distinto, más grande, poblado con una desconocida inmensidad, pero siempre extrañando los caminos habituales en el recorrido diario por nuestra ciudad.
 El Polideportivo, nuestro segundo hogar, inmerso en el corazón de la extensa costanera que recorrimos innumerable cantidad de veces con amigos. Los desayunos en el centro disfrutando de amenas charlas con un aroma incomparable y con un sabor inconfundible.
  El aval permanente del deseo de estar en nuestro lugar de origen es único. Allí la visibilidad y el conocimiento de cada uno de los rincones hogareños y amigables de los más preciados recuerdos nos respaldan a cada instante.
  A la distancia están presentes todos y es de gran ayuda, pero sin la calidez de las miradas de quienes amamos y nos aman, de quienes se preocupan por nosotros y por los cuales nos preocupamos.
  Sentimos el apoyo constante de los afectos, pero sin estrechar manos ni abrazarnos. Nos conectamos racional y emocionalmente, pero extrañando lo visual que se genera con el contacto diario y directo.
  Combinar el bagaje adquirido con lo aportado por el nuevo entorno es el reto.  Allí la particularidad de diversas situaciones nos exige dejar de ser espectadores para ser partícipes.
  En la reflexión sobre la posible positividad de cada oportunidad, encontramos sentido a los desafíos que nos tocan vivir. Y tener imágenes de postales de nuestra ciudad, cuyo cielo ampara el hogar donde está lo trascendental de nuestra vida, ayuda, como así también nos fortalece el anhelo de regresar definitivamente un día y saber que la ciudad más hermosa para vivir siempre nos estará esperando con los brazos abiertos. …
 
*Atletas villamarienses,  medallistas en muchas ocasiones, 
radicadas en Buenos Aires

“Allí conocí a la gringa mía y formamos una familia con siete hijos”
Son tantos, tantos los recuerdos
Escribe: Eduardo Bonoris*
Son tantos los recuerdos y poco el espacio...  Comienzo desde mi secundario, dos años en el Rivadavia y  tres en el Nacional con recuerdos a montones, para terminar en el Sagrado Corazón, de Oliva, cuando faltaban sólo tres meses para concluir el bachillerato. A comienzo de este año me enteré que con mi pase se completó el cupo mínimo exigible para que el Colegio no se cerrara. ¡Grande Bonoris! Mi niñez fue feliz y mi adolescencia fantástica con el río, el Sport y el rugby como telón de fondo. A partir del 21 de septiembre con el pic-nic de estudiantes, empezaba nuestra vida en el río, que duraba hasta ya entrado abril. Kilómetros y kilómetros hemos recorrido a su vera, tanto de este lado como en la ribera villanovense. Solíamos cargar una cámara de tractor con una plataforma de madera, atada con sogas que había fabricado el Nito Botta y partíamos al puente Andino. Desde allí veníamos río abajo, con aguas cristalinas todavía. Armábamos por lo general dos bandos, tres o cuatro arriba y tres o cuatro abajo y empezaba la lucha: los de abajo debían desalojar a los de arriba y así hasta llegar al Sport. Ana María, la Tety, Norma, Graciela, el Chingo, el Lulán, el Quililo... éramos un montón. Jugar a la cabeza en la playita, al frontón, al tenis o nadar en la pileta y saltar del trampolín, comer moras hasta hartarnos fueron las cosas que hacíamos casi a diario. Ni hablar de los asados que hacíamos o le encargábamos a Bartolo, todos bien regados sin excepción. 
Cuando se hizo el embalse, con el Lulán transformamos un bote a remo común, en un velero. Timón, mástil, mantel del comedor como vela. Lo botamos con ceremonia de champaña y levando anclas partimos rumbo a las compuertas. El viento era de popa, navegamos sin problemas hasta que tuvimos que virar a estribor y la embarcación dio una vuelta de campana. Claro, no sabíamos que la navegación a vela requiere de quilla y no teníamos. Allí fue la primera comprobación que la ignorancia no tenía secretos para nosotros. La lucha de libres y laicos, la toma de la Agustín Alvarez, fuerte bastión que supimos entregar al juez Federal. 
Contábamos con una 1ª fila de infantería. En el techo una línea de artillería liviana (los alumnos de la Escuela del Trabajo con hondas de  recortes de fierro), una línea de artillería más pesada (imagínense). Cómo olvidar la llegada de la imagen de nuestra Madre en helicóptero, allí  conocí a la Gringa mía y con ella formamos una familia. Siete hijos: Agustina, Facundo, María Regina, Eduardo, Matías, Silvio y Verónica. Seis nietos: Mateo, Franco, Simón, Manuela, Celina y Julia. Imposible olvidarse de esa, mi Villa María.
Cómo olvidarse de El Lazo, Kitchaten, los bailes de carnaval en Unión Central, que siempre terminaban con algún lío y no sé porqué sería. 
Un día nos enteramos que un miembro del grupo estaba noviando. Con cierta resistencia de parte de la patronal, enterados marchamos una noche a dar una serenata al estilo mexicano a la candidata, muy cerquita de la Jefatura de Policía. No sé si logramos terminar la segunda canción. Una comisión formada por dos agentes nos arreó a la Comisaría, éramos 10 ó 12.  El jefe de Guardia llamó a mi casa dándole noticias para que vinieran a buscarme y recibió del otro lado de la línea lo siguiente: "Déjelo el tiempo que sea necesario para que aprenda". Estaba con un saco blanco impecable y pantalón al tono, me pasé la noche de pie en el calabozo. Nos soltaron a las 10 del otro día.  El Lulán, cantor por excelencia, estaba viviendo en la casa del río y  cuando el sumariante le preguntó dónde vivía, le contestó: "No sé". No mentía, la calle era sólo un sendero, el agente lo tomó como una burla, hasta que se lo hicimos entender. 
 Luego el rugby, allí coseché los mejores amigos, como jugador, como entrenador, como directivo y como delegado ante la Unión por el San Martín. Allí conocí a las glorias del club, primeros campeones del Centro de la República, el Nito Botta (un tipazo), Nizetich, Buchione, Barberis, Sigifredo, Zoni, los Borda, los Bertella, Pacheco, Giraudo, Gianinetto... Y mis contemporáneos: Gringo Bonangelino, David Sánchez (fuera de serie), Giménez, Morelo, Wester, Bernabé, Seghini, Severino, el Negro y el Tano, Gonzalito, Covelli, Luna y mil más; luego vendrían los más jóvenes: el Lulán, Maqueda, Tito, Mono Buchione, Lalo, Morcila, el Negro, tan virtuoso con la guinda (perdón por los que olvido). Llegaba marzo y el club hacía una suerte de conscripción de jugadores. Una gran rueda de no menos de 40 ó 50 y se iban presentando. Un día apareció un flaco, de nariz doblemente aguileña, dio su nombre y apellido, y agregó: "Y me dicen 'Jimmy'". Entonces saltó el Negro Campodónico y le dijo: "Desde hoy te llamás Carancho". Nunca más volvió. Así de crueles, así de divertidos. Por todo eso, jamás podría dejar de quererla. Créame, es apenas una pincelada. La compu me dice que estoy excedido. Perdón, señor director, le agradezco infinitamente su invitación. 
*Abogado, radicado en  Mar del Plata

La fuente y vos
Escribe: Pablo Montero *
Hay en la ciudad
un lugar sin cemento
con secretos pasajes 
vegetales
que conducen a otros tiempos.
Con estatuas que no pueden acallar sus corazones de 
bronce retumbando.

Hay en la ciudad montañas de besos
acumulados durante años
liberados en primaveras
pegados a las piedras
convertidos en hojarasca,
multitud de caricias
enamoradas del agua.

Hay en la ciudad 
un pedazo de agua hecha fuente, que con una noche prendida
se repite interminable.

Hay en la ciudad 
un pedazo de fuente,
un pedazo de besos,
un pedazo de vida.

*Docente, investigador y escritor 
villamariense, radicado en México

“Los amigos del café, los que están y los que no están”
Las mujeres más bonitas
Escribe: Luis Alejandro “Best” López*
Qué hacés, cabeza. Te escribo por mail y te digo que me quedo en Villa María porque es una ciudad hermosa. Aún tenemos gente que te da una mano cuando la necesitás. Teniendo posibilidades de irme (conozco muchas otras ciudades) decido quedarme aquí. Tiene la Mendoza al 1000, unos de los paisajes más lindos y la costanera para los  mates. Deberíamos mejorar la seguridad y la Villa es la mejor. Con las mujeres más bonitas de Argentina, salud.
Volviendo al tema: tengo el orgullo de decir que soy del barrio San Martín, barrio que me ayudó muchísimo en algunos de los momentos de mi vida, con gente espectacular que me ha hecho compañía, con las peñas en la plaza del barrio, con las noches de serenatas, con la carpa en el gaucho tocando la guitarra... También están los amigos del café, los que están y los que no están físicamente, pero han dejado un recuerdo hermoso y enseñanzas de cómo vivir la vida. Por eso es ésta una de las mejores ciudades para vivir, para compartir.
Cuando estoy en otras provincias y hablo de la Villa, me dicen que les da ganas de conocerla, por las cosas que cuento de esta bella ciudad. Ah, y siempre peleo, porque las mujeres mas bonitas están acá. ¿O no? ¡Ma' vale! Aquí decimos: "¿Tomamos un café?" y en 10 minutos nos juntamos. En otras ciudades tenés que hacerlo con tres horas de anticipación. Bueno, por un montón de cosas más estoy en esta ciudad: por la solidaridad de todos, para todo lo que sea necesario. Como ustedes, en EL DIARIO, apoyando a todos los eventos. Y cuando EL DIARIO necesitó apoyo, estuvo Villa María presente. Creo que no hace falta decir más. Salud, Villa María. 
*Sonidista, radicado en Villa María, trabaja con artistas 
de renombre nacional e internacional 

“Nunca me olvido de sus calles, siempre vuelvo a ellas”
Una referencia constante, un eterno agradecimiento
Escribe: Sebastián Pfaffen*
Aunque me cueste admitirlo, soy una especie de eterno inmigrante dentro de mi propia provincia. Cuando me preguntan de dónde soy, sigo contestando: "Soy de Villa María, pero vivo en Córdoba".
Me consuela saber que somos varios los que sufrimos "el mismo mal".
Todos aquellos que me cruzo cotidianamente y que, aun sin haberlos visto jamás, con sólo mencionar nuestro origen común nos sentimos parte del mismo equipo.
En esos encuentros jamás faltó un saludo amable, el recuerdo de algún amigo en común y las noticias de último momento (chismes incluidos).
Así, descubro que Villa María no es un sentimiento, sino la referencia constante para todo el que aquí vivió y luego tuvo que partir. Aquí tenemos nuestra historia y la mayor parte de nuestros afectos.
En mi caso es simple: aquí viven mis padres, cuatro hermanos, ocho sobrinos, tía, primos, dos ahijados, madrina y padrino, amigos de toda la vida, maestros.
Además, nunca me olvido de sus calles... sencillamente porque siempre vuelvo a ellas.
Como aquellos muchos, necesito volver periódicamente a respirar aire villamariense.
Alguna vez me dijeron que esto reflejaba una supuesta falta de madurez.
 Yo prefiero atribuirlo a un sincero agradecimiento.
Conmigo la cita bíblica no se cumplió. Tuve las mejores oportunidades en mi tierra:
Una infancia feliz, decenas de barras de amigos en el barrio, en el Parque Pereira, en el Prado Español, imborrables guitarreadas en el río, millones de asados. También me dio educación, el Colegio Trinitarios fue mi segunda casa... en realidad mi casa siempre fue un anexo del colegio. Y me encantaba.
Después de pasar por la universidad, aun con oportunidades laborales, no dudé en regresar. Quería devolverle a mi ciudad algo de todo lo que me había brindado.
Volví y terminé haciendo mucho más de lo que hubiera imaginado.
 Pensaba "devolver" y terminé recibiendo aun más.
Recién después partí. Formé mi familia, nuevos proyectos, pero nunca dejé de ser un "eterno inmigrante" más. De aquellos que extrañan que todo quede tan cerca (sobre todo la casa de mis amigos) además de las escapadas de mate y lectura junto al río (bajo la sombra de los sauces en la costanera de barrio Mariano Moreno), un privilegio que en estas latitudes no comprenden porque hace años que perdieron la siesta, el almuerzo en familia y la capacidad de dejar de "hacer" para dedicar tiempo a algo tan sencillo como necesario: "contemplar".
Por eso siempre vuelve mi mirada hacia la Villa. Por mi historia, por mis afectos, por mi eterno agradecimiento.
*Periodista, radicado en Córdoba, trabaja en Canal 12

“Desde Villa María se pueden alcanzar grandes metas”
Para mirarla y contarla por TV
Escribe: Javier Guerrero*
Mis viejos nacieron y se criaron acá en Villa María; Gringo, mi papá, panadero desde los 9 años; Marta, mi mamá, peluquera en principios y, después, a la panadería con mi viejo; mi hermana Claudia, administradora de empresas, también en la panadería, y yo “la oveja negra de la familia”. ¡Cómo no voy a querer a mi ciudad si basta con mirar mis raíces!
De chiquito recuerdo en 4º grado empezar a conocerla, plano en mano, recorriendo instituciones y edificios históricos. Era la época que se podía ir en bici de una punta a la otra de la Villa sin tener que pedalear tanto, hoy en auto cuesta cruzarla y ni hablar de ir del barrio Las Playas al Palermo, una eternidad. Y sí, creció… y junto con ella también crecimos nosotros.
Cuando mi familia me preguntaba qué iba a ser cuando sea grande, siempre respondía que iba a trabajar en la tele y me tildaban de “loco”, era ir en contra de los principios familiares, contadores, licenciados, etcétera, pero así y todo, duro de cambiar de opinión, comencé con todo esto y Luis Pérez de Celis, mi actual socio en CIDEC Producciones, nos dio un switcher y una cámara por primera vez a los 17 años, junto con Gerardo Fonseca, mi otro socio. ¡Cómo para olvidarme de la primera nota que cubrí, reapertura de “Metrópoli”, el mega boliche!
No sólo la televisión sino esta ciudad me brindó  la posibilidad de conocer un grupo magnífico de personas que compartimos, no sólo la pasión por la tele, sino también la idea que desde Villa María se pueden alcanzar grandes metas.
En CIDEC realizábamos programas para el viejo y querido Canal 2, hasta que se nos abrieron nuevos caminos y comenzamos a producir programas para Canal 6 del Grupo Colsecor de Córdoba capital, un canal satelital de alcance nacional y países latinoamericanos. Hoy recorremos la Argentina de punta a punta, cubriendo diferentes transmisiones. Recitales, entrevistas o programas especiales, pero siempre generando y coordinando todo desde Villa María, que nos permite estar en el centro del país. En cada viaje, no veo las horas de volver, extraño “ese qué sé yo...” que tienen las callecitas de Villa María, que invitan a recorrerla de día y de noche.
Si algo favoreció, no sólo a la ciudad sino también a nuestra actividad, es que los villamarienses, en muchos aspectos, dejamos de ver a Villa María como un pueblo y comenzaron a sentirse aires de ciudad, sin dejar de lado la paz y la tranquilidad social. Los habitantes, todavía pueden salir a trabajar, sabiendo que regresan a sus hogares y no como en las grandes urbes.
Con respecto a la televisión de la ciudad, hay un dicho popular que dice:  "Cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”, y en Villa María, con la televisión ocurre lo mismo. Sólo basta con hacer este análisis: si nuestra ciudad junto con la vecina Villa Nueva tienen un total aproximado de más de 110 mil habitantes, cómo es posible que ciudades más pequeñas como es el caso de San Francisco, posean televisora local con programación y espacios cubiertos las 24 horas, siendo que Villa María genera mucha más información por ser uno de los puntos neurálgicos más importantes del país.
Si no mirá, este medio, El Diario, edita más de 50 páginas por día de pura información. Seguramente, la televisión local en algo está fallando, pero tampoco hay que dejar de lado algo que nos caracteriza, y es que los villamarienses somos muy poco localistas, todo lo que viene de afuera siempre es mejor que lo que acá tenemos.
Hace más de un año, y esto demuestra nuestro amor por esta ciudad, en Canal 6, a pesar de que en Villa María no se emite, pero sí en todo el país, dentro de los programas que produjimos, está Area Restringida, un magazine televisivo orientado a jóvenes, que refleja todas las actividades que se desarrollan en Villa María y la región, por supuesto no solamente conducido, sino realizado íntegramente por villamarienses.
Villa María es la ciudad donde nací y por más que me voy, siempre vuelvo; si algún día tengo la dicha de formar una familia y tener hijos, éste va a ser el lugar que quiero para seguir viviendo y disfrutando de sus calles, su ritmo y su gente.
*Realizador y productor de televisión, vive en Villa María, trabaja para medios de distintos lugares del país

“Una ciudad pintoresca, pujante”
Luces de la gran ciudad
Escribe: Juan Zazzetti *
Cuando era adolescente y cursaba  los últimos años de mi escuela secundaria en mi pueblo natal, Ballesteros, y a pesar de haber tenido la suerte de conocer varias ciudades en viajes que hacía con mi padre, comenzó a dar vueltas por mi cabeza que me gustaría vivir en Villa María el resto de mi vida. La consideraba una ciudad pintoresca pujante con el tamaño y la idiosincrasia que lo hacía un lugar atractivo para mis expectativas; ya en la universidad  y en los años que siguieron, mientras completaba mi formación médica haciendo parte en el Hospital de Río Cuarto y el resto en Buenos Aires, y habiendo tenido ofertas para seguir ejerciendo en dichas ciudades con condiciones muchos más atractivas tanto en lo económico como científico, no lograban cambiar esa idea de la "ciudad ideal". Para entonces, no sólo que no tenía conocidos en el área médica, sino que la evaluación de las posibilidades de inserción laboral que tenía en Villa María eran casi nulas. Mientras buscaba alguna opción laboral, comencé a conocer más de cerca algunas cosas y mi interés cada vez era mayor, como por ejemplo, un hospital que me impresionaba. Muy poco complejo para una ciudad tan particular, comparado con lo que conocía de otras ciudades similares, y muy poco podía saber de la actividad privada. Estos datos me hacían pensar que había más posibilidades de crecimiento aquí, y que eso permitiría la inserción, por lo que  decidí desechar las propuestas que tenía en otros lugares, alquilé una propiedad en la ciudad y conectado por un familiar médico, conocí al director del Hospital y pedí concurrir ad honorem en las mañanas, mientras seguía buscando una oportunidad.
Ya instalado, la idea de que era éste un lugar particular, comenzaba a confirmarse. Y desde ese momento me di cuenta que los villamarienses somos privilegiados, por la naturaleza y por la ubicación geográfica, dentro de otras tantas cosas. La potencialidad de crecimiento económico, social, cultural,  etcétera, no tiene límites, todo parece posible en esta hermosa ciudad, eso debe incentivarnos a todos en la búsqueda de planes y proyectos para mejorar la calidad de vida de todos nosotros, en especial las nuevas generaciones.
Entender que los cambios y las mejoras no son responsabilidad sólo de las autoridades, sino de cada uno de nosotros.
El desafío cada vez es mayor para muchas áreas, la construcción de la autopista, como ejemplo. Esta gran obra que permitirá salvar miles de vidas por accidentes, que nos conecta en pocos minutos con nuestra capital, también obliga al mejoramiento para ser competitivos. En mi área, la salud, permitirá que la calidad y complejidad en los  servicios médicos deba mejorar día a día favoreciendo a todos los villamarienses y a la población de la zona de influencia.
En lo personal le debo mucho a esta ciudad y su gente, ya que la aceptación y el reconocimiento, es propio de esa idiosincrasia a la que me refería anteriormente, por eso no dejo de agradecer y siento la obligación de participar en lo que me sea posible intentando ayudar a mejorar.
Cada día que me levanto pienso lo privilegiados que somos los habitantes de esta región, a pesar de que muchos se quejen por distintos problemas que los pueden estar afectando y que les parece que no tienen solución, pero soy un convencido de que con el compromiso de todos, todo puede mejorar.
Este relato de por qué estoy en Villa María será uno más de otros tantos ciudadanos que creyeron  y soñaron con vivir en esta ciudad y que ojalá, tengamos la fuerza y el compromiso de ayudar para que cada día sea mejor.
*Médico, ex director del Hospital Regional Pasteur

“Aquí, debemos reconocer, fuimos bendecidos”
Colores para descubrir
Escribe: Pablo Bertello*
Conversando con un amigo misionero respecto a esta nota, le decía que pensaba en hacer una analogía entre esta ciudad y una paleta plena de colores. Claro, él no me respondió enseguida y me miraba. 
 Al rato y al ver que le pedía un “¿qué te parece?”, con la mirada me dijo: “Mirá, Pablo, la verdad que con mi familia, cuando llegamos a Villa María la vemos blanca”. Y ahí caí en la cuenta que él la comparaba con su provincia y tenía razón, aunque parcialmente: la tierra colorada, infinitos tonos de verde, pájaros multicolores y todo eso. Pero en realidad mi analogía quería ir un poco más allá. 
A ver -le dije tratando de encontrar las palabras- para mí, los “colores” de una ciudad se los dan los hechos y cosas que hacen su gente, su comportamiento “sin darse cuenta”, espontáneo.  La suma de tonos individuales marca la policromía general. Un ejemplo, nuestras escuelas deben crecer en espacio físico para recibir a todos nuestros chicos y de otros lares también. Los de por acá, porque somos así y todos estamos de acuerdo, pensamos que muchos de nuestros problemas se resuelven con educación y fijate cuántas instituciones grandes y reconocidas por su capacidad de enseñar tenemos en la ciudad. No se hicieron solas ni la hizo una sola persona. Hizo falta una sociedad tan particular como la nuestra para que crecieran. Otro ejemplo: ¿en cuántas comunidades se da esta tolerancia interreligiosa que muestra orgullosa la Villa? “A Dios rogando, pero con el mazo dando”.  Y no son pequeñas cosas. A mi entender hablan mucho de la impronta que le supieron dar nuestros abuelos gringos que, perseguidos por la miseria, vinieron a recalar en este lugar. Y en este punto debemos reconocer que fuimos bendecidos. ¡Un clima espectacular, tierras fértiles, un río maravilloso y ahora tan bien cuidado, buena agua...! ¿Qué más queremos? Parafraseando a Sábato, diría que si nos dimos cuenta que no podemos cambiar el mundo, debemos tomar conciencia que debemos evitar por lo menos que no se destruya.
Todo un desafío para los villamarienses de las próximas generaciones. 
Y ahora fijate vos si tantas cosas no te encandilan y no le dan a la Villa una intensidad difícil de encontrar en otras regiones.
*Microemprendedor villamariense. 
Sus productos se exportan a Europa

De Galicia, con humor
Escribe: Omar Pérez*
Aquí les mando mi pequeña colaboración. Espero que les sirva. Yo estoy siempre aquí y desde aquí brindaré con ustedes por la Villa. ¡Feliz 140º aniversario! 
*Humorista, dibujante, ex colaborador de 
EL DIARIO, radicado en Ourense, Galicia, España

“Tierra de buenaventura”
Oportunidades a manos llenas
Escribe: Heriberto Pronello
Es cierto, Villa María  es un sentimiento. Un sentimiento que cada uno vive con el matiz que le imprimieron sus propias circunstancias.
Por mi parte pertenecía a una familia de un pasar holgado en Miramar, en el interior de la provincia de Córdoba que, tras su derrumbe económico, terminamos viviendo estrechamente en Córdoba ciudad.
Había cursado la primaria como pupilo en varios colegios de Mar Chiquita, de Balnearia y de Morteros, tenía 10 años y de allí me expulsaban por tercera vez.
Llegué así a la secundaria, en San Francisco con 15 crecidos años.
Mi mamá cosía como modista para pagar mi pensión y yo a mi vez había tomado conciencia de cuánto mi familia me necesitaba. Años libres mediante, a los 17 estaba en Córdoba estudiando Ingeniería con una beca. Un par de años después mi familia se muda a esa ciudad, y allí estuvimos con esa angustia de no saber qué haríamos al vencer el alquiler de la casa que habitábamos. Rescato sin embargo, que nunca nos desesperanzamos.
Fue en esas circunstancias que Villa María llegó a nuestras vidas y nos dio, a mi familia y a mí, oportunidades a manos llenas. Ocurrió en 1956, en ocasión de visitar a mi tío Santiago y caminando desde su casa hacia el centro, paré frente un local de planta baja y aspecto antiguo de cuyas puertas y ventanas salía una llamativa cantidad de vapor; era en calle Corrientes 1247. Me detuve a observar y desde el interior aparece un señor menudito que me explica que es un lavadero industrial de ropa, que trabaja mucho, que ocupa a 27 personas y factura tanto y cuanto. Sin pausa me agrega que si quiero comprarlo él me lleva ante la persona con quien debo tratar.
Deduje para mí que ese negocio perdía dinero, porque esas groseras pérdidas de vapor que salían a la vereda no podían ser gratis.
Al día siguiente yo, entonces un joven estudiante de 20 años y sin recursos, me entrevisté con un señor robusto, pausado, con los modales de un criollo de la mejor cepa, era Don Lazo, y tuve con él una charla de recíproco respeto.
Que yo respetara a una personalidad así, era lo natural, pero que él respetara y terminara fiando un establecimiento de 90.000 pesos, con 27 empleados a un jovencito de 20 años, eso, eso es lo que yo asocio con mi sentimiento acerca de Villa María.
 Todavía escucho aquellas palabras de Don Lazo: “Yo a usted se lo voy a fiar, porque sé que usted me lo va a pagar”. Y así  fue.
 El Lavadero Modelo (eso es lo que había comprado) tenía vivienda y allí fuimos a vivir con mi mamá y mis tres hermanas.
Al tiempo también vino mi papá con quien hicimos su galpón en el fondo del lavadero y comenzamos a fabricar cabinas en plástico reforzado para los jeeps que por entonces fabricaba IKA.
También en paralelo formamos e integré dos sociedades. Una con Bol, Lipe y Américo Correa para fabricar partes de motores de moto que fue Bailphac y con la querida gente de Cicles Mundo fundamos la fábrica de Motocicletas Eical que dirigíamos codo a codo con Alcides Paredes.
Fue también en Villa María, cuando escribí un artículo técnico para una firma de Inglaterra y después supe que se había empleado en General Motor de USA para la estructura del Corvette. El artículo concluía: “Heriberto Pronello, Villa María”, y allí me contactaron para convocarme a formar parte del equipo que desarrolló el Torino.
Lo demás es historia que ha tenido alguna difusión. Muchos proyectos pudieron concretarse. Todo partió de esos años en Villa María, que formaron la base que permite aspirar, aun hoy, a nuevas y más exigentes metas.
Al saludar a mi querida Villa María por este nuevo aniversario quiero agregar que mi sentimiento hacia ella podría sintetizarse entonces: Villa María, tierra de buenaventura. 
*Creador de autos míticos, radicado en Buenos  Aires

“La cosa es que no pude robarle el alma”
El pacto es que seguiremos intentando
Escribe: Juan José Oddino *
Cuando a uno le proponen escribir y tiene conciencia de que no es su fuerte, ¡qué problemita!, pero no se puede recular ante el convite de un amigo.
El tema es el cumpleaños de la ciudad, de la Villa, de esta Villa María que recorro desde hace 44 años (no nací  aquí, si sirve como dato), tratando de comprender por qué, habiéndome ella cortejado de mil maneras diferentes, no ha logrado enamorarme. Bueno, a decir verdad, tampoco la he rechazado por completo, se podría decir que flirteamos de a ratos. Y parece que la relación es, por lo menos, llevadera, porque no se me ha dado por escapar y, desde lejos, hablo descorazonadamente bien sobre sus bondades. 
Claro, ninguna relación es fácil y es mejor no tratar de explicarlas, menos aún cuando se trata de dos personalidades obsesivas.  Y no es que no haya críticas, son mutuas, con munición gruesa; pero lo que entendí hace rato, es que lo más sano es hacerlo en la intimidad, solos, ella y yo, digo, para no caer en el ridículo de la soberbia, ya que ella también tiene cosas que reclamarme. Es nuestra química, sólo química, sólo nuestra.
Un día, se me ocurrió hacerle una sesión fotográfica, un retrato (claro, soy fotógrafo), entonces la invité, la conminé a que se prestara a la cámara. Juro que nunca me sentí tan desorientado frente a una modelo. Pero me lancé igual. Empecé la sesión intentando encontrar su costado más amigable, el río, ¡click!, ¡click!; luego traté por sus aspectos bizarros, ¿click?; le pedí que se ponga sus máscaras y caretas, ¡click!, ¡click!, ¡click!; le dije que probáramos sacándose la ropa, ¡click!, ¡click!, le pedí su mejor perfil, ¡click!, que llore y que ría, ¡click! ¡click!, la hice bailar, saltar, acostarse, ponerse de pie, ¡click! click!;  la interrogué sobre sus obsesiones, ¡click! ¡click!; intenté con luz lateral para resaltar sus formas, ¡click!; a contraluz para reconocer su silueta, ¡click!, y de noche, para que me muestre sólo sus luces, ¡click! En un momento me pidió que fotografiara sus alturas y sus zonas periféricas para mostrar que estaba creciendo y terminamos los dos angustiados, de todas maneras ¡click!, charlamos sobre su cultura y sus fantasmas, ¡click!, ¡ click! y, como broche de oro, luego de un descanso, se me apareció completamente vestida de blanco, ¡click, click, click, click, click, click, click, click, click, click!
Le tomé cientos de fotografías, miles, pero cada vez que vuelvo a revisar las fotos          me asalta una duda: no sé si no tuve la sensibilidad suficiente o si ella me negó de manera maliciosa sus secretos más íntimos y reveladores. La cosa es que no pude robarle el alma, no pude encontrar su esencia… todavía. Es química, pura química, me digo mientras pienso en hacerle algunas fotos más. El pacto es que seguiremos intentando… 
*Fotógrafo documentalista, radicado en Villa María. 
Expuso sus trabajos en Buenos Aires y ganó diversos concursos

“Cada aniversario es motivo de agradecer”
Tu gente te hace única
Escriben: Gabriela Mugica y Claudio Fissolo*
 Villa María, hoy cumplís ciento cuarenta años. Y, en nuestra opinión, cada aniversario es motivo para agradecer lo acontecido hasta el momento y para soñar con lo que vendrá en el futuro. Hoy creemos que no es tiempo de pesimismo ni de críticas. No es cuestión de vendarnos los ojos para no ver la realidad, sino de destaparlos para advertir que también hay mucho para  agradecer, valorar y destacar. A lo negativo lo conocemos todos. De lo que falta, lo que falla, lo que no se cumple, lo que no funciona como debería o quisiéramos, nos acordamos a diario. Pero hoy es día de alegría, de conmemoración y festejo, permitámonos entonces tomarnos un tiempo para valorar todo lo bueno que en vos encontramos y que nos hace elegirte, día a día, para habitarte.
  Entre tantas cosas te agradecemos la naturaleza y lo primero que surge en nuestras mentes, la costanera. Ese espacio que podemos disfrutar en soledad o acompañados de familiares y amigos; haciéndote cómplice, querida ciudad, de innumerables historias y experiencias de vida que allí transcurren. Imposible olvidarnos del río, oasis natural que alivia nuestros días agobiantes de calor y colma nuestros sentidos. También de lugares de encuentro, reunión y socialización como el Anfiteatro, parada obligada para muchos artistas de todos los tiempos, estilos musicales y nacionalidades. El Polideportivo, donde se forjan muchos de los atletas que luego se destacan en ámbitos provinciales, nacionales e internacionales. El Salón de los Deportes que, aunque deteriorado, todavía sigue siendo el que alberga al deporte en muchas de sus expresiones.
En otro plano, es imposible olvidarse de las universidades con que contamos, motivo de orgullo para quienes pensamos que estas instituciones jerarquizan los lugares donde se erigen. Y, seguramente, la lista se extendería más y más. Esto es tan sólo una mínima muestra de todos los lugares y espacios con que estamos familiarizados ya sea porque los utilizamos, los disfrutamos, los vivimos y, a veces, no los valoramos. Pero quedarnos sólo en esta enumeración y descripción sería injusto porque lo que verdaderamente te hace única, querida ciudad, es tu gente. Esa gente que desde el lugar social en que se encuentre y la tarea, ocupación o profesión que desarrolle te hace mejor ciudad. Y hay muchos. Sí que hay muchos. Somos realistas y también sabemos que hay de los otros, pero no importa. Hoy es día de optimismo, por eso preferimos acordarnos de esa gente que te da vida y que te elige para vivir su vida por estar convencido que aquí todavía se conservan los valores, los códigos y la mentalidad “del pueblo”, del lugar todavía “chico”, como comúnmente se dice.
  Si todavía nos permitiéramos soñar, sería propicio imaginar que en un mundo cada vez más deshumanizado, agresivo y cruel, encontramos espacios donde todavía lo importante sigan siendo las cosas simples de la vida.
*Deportistas, especialistas en patín artístico, 
radicados en Villa María y reconocidos internacionalmente

“Un buen lugar para vivir y crecer con mi familia”
Volver a la Villa, desde el Viejo Mundo, en la nave de los sueños
Escribe: Pablo Zulatto*
Me presento a través de estas líneas comentándoles que soy Pablo Zulatto y que a los 23 años gracias al esfuerzo de mi familia y mío me adentré a un mundo nuevo lleno de ilusiones y pasión. Era el sueño de diseñar autos en Europa y para ello, luego de varios meses de búsqueda de hospedaje y esperando mi aceptación al curso que se dictaba en Turín,  Italia, partí el 28 de agosto rumbo a esa ilusión. Pasaron tres años de estudio y dibujos a los cuales les dediqué días, noches y miles de hojas blancas transformadas en aceptables (y no tanto) representaciones de lo que tenía en mente, que eran autos y todo tipo de medios de transporte ya que la carrera se llama “Diseño de Transportes” aunque lo primordial es el auto. Me recibí en julio de 2001 con la visita, para la ocasión, de mis padres y madrina, no sin antes disfrutar de hermosas visitas de mi esposa  (novia en ese momento). Luego de terminar mis estudios comencé a buscar el tan ansiado trabajo de diseñador pero, por no haber cumplido la edad límite para la exención del servicio militar obligatorio y, por tener la doble ciudadanía (en este caso la italiana), tuve que volverme a Villa María hasta cumplir los años en ese febrero y ahí sí retomar mi viaje hacia el Viejo Mundo. Comencé a trabajar en Turín en un estudio de diseño de autos llamado Inovodesign hasta fines de 2005. En ese período trabajé para varios proyectos importantes realizando las tareas de diseñador o de coordinador de un grupo de diseñadores en una amplia gama de medios de transportes,  pasando desde interiores de autos y furgones hasta el rediseño completo de un camión. En setiembre de 2004 tuve una de las mayores alegrías de mi vida, que fue casarme con Soledad, en el mismo Turín donde residíamos desde hacía ya un tiempo. Nos casamos por civil el 30 de setiembre de 2004 al mediodía en compañía de mi familia y amigos. Además del amor, el motivo para casarnos allá era para lograr la documentación necesaria de Soledad por no ser ciudadana italiana. Mediante esto ella podría trabajar y usufructuar de los derechos de ciudadana normalmente. A fines de 2005 logré la entrevista en el centro de diseño Peugeot, a la cual aspiré toda la vida y por la que hice todo el camino antes mencionado hasta esos días. Mi sueño se estaba haciendo realidad y preparándome ya sea con el inglés y con los dibujos encaré ese viaje a París.
Por motivos del destino no fue el momento justo de poder iniciar mi carrera en esa empresa y, sin haber obtenido la documentación tanto tiempo esperada para mi esposa, decidimos volver a Villa María e reiniciar nuestra vida acá.
La decisión fue muy difícil de tomar ya que, representaba el dejar lo que estaba haciendo y desechar ofertas de trabajo.
Pero era el momento. Eso, sumado a mi idea de trabajar como diseñador para distintos estudios de diseño en el mundo desde Villa María y con un motivo más sentimental si se quiere, que era compartir con la familia los días y venir aquí.
Gracias a Dios todo se dio y se está dando de la manera menos pensada y  más hermosa posible. 
Es muy lindo poder recorrer miles de lugares de Villa María, los cuales me traen recuerdos y vivencias pasadas tan añoradas cuando uno está lejos. Aunque parezca extraño, a la distancia se siente la necesidad de revivir esas pequeñas cosas, como sentir el viento de la ciudad, la tranquilidad de la rivera del río, los barrios, el centro y toda clase de pequeños instantes que se aprecian más al haberlos dejado de lado por un tiempo. 
La verdad que no puedo pedir más nada ya que Dios nos está por dar en estos días a mi primera hija y, compartir estos momentos (y los que vendrán), junto a los que quiero es algo incomparable y por lo cual inclinó la balanza hacia el retorno con la experiencia de haber vivido en el exterior.
Me gusta mucho esta ciudad por la interacción de pequeñas cosas de pueblo como la tranquilidad en las  horas no laborales y la oportunidad de gozar de muchas posibilidades recreativas, educativas y culturales que la enmarcan como una gran ciudad. 
Villa María me resulta un muy buen lugar para vivir, ver crecer a mi familia y disfrutar de amigos.  Deberíamos cuidarla, mantenerla limpia y seguir gozándola a pleno.
Espero no haber sido aburrido con mi relato sobre mi pequeña experiencia y sobre los sentimientos que despierta en mí esta ciudad.
*Diseñador de autos, 
radicado en Villa María, trabaja para firmas europeas

Un cuento, un personaje y un ícono de la Villa de ayer
Cuando el Tren de Las Playas conoció a Sarmiento
Escribe: Ernesto Fernández Núñez
Valaro tenía una sola pasión; la patria soberana, que demostraba en cada ocasión que podía en sus confusas opiniones políticas en las mesas de café del Ichi-Ban, donde los adjetivos que abundaban en sus comentarios eran; “vende- patria, cipayos, imperialistas, colonialistas”.
A través de ese lenguaje explicaba todos los hechos de la vida cotidiana, desde matrimonios separados “por la cultura electrodoméstica yanky, como la licuadora, que por su ruido impide el diálogo”, decía, hasta el olor a orín del túnel del ferrocarril que los sábados a la noche, después del baile, era usado de mingitorio por los “mamados” porque el túnel siempre nos quedaba a mitad de camino entre el baile y nuestra casa. El opinaba “que el olor no era de fernet, vino o cerveza; sí, de whisky berreta traído de contrabando por la CIA.” 
No compartía los lugares bailables de esa época como El Chac o Kreo, donde la música del twist movía los cuerpos espasmódicamente. Quizás fue un visionario que deseó e interpretó lo que sucedería cincuenta años después; el espasmódico derrumbe de las torres gemelas.
Su música preferida eran las marchas militares y su ropa no era de Casa Oviedo; la compraba en un negocio de venta de rezagos del ejército.
Como todo hombre que está en guerra, para justificarse tuvo que encontrar a su enemigo a quien individualizó leyendo la vida de Sarmiento, cuando supo que “había traído maestras inglesas para enseñarnos”. 
A partir de allí Sarmiento fue su obsesión y su modo de vida. 
El Tren de Las Playas no sólo atravesaba parte de la ciudad llevando empleados del ferrocarril y habitantes del barrio Las Playas, atravesaba también los corazones de aquellos que no podían sustraerse a la visión de esa locomotora negra, que como un animal en celo exudaba un vapor caliente. 
Dos vagones de madera barnizados con asientos de cuero donde se acomodaban los pasajeros, invitando a sentirse viajeros del Expreso Oriente y, en un viaje de media hora, transformaba la rutina en aventura. Allí cruzábamos el desierto o éramos atacados por indios que repelíamos con fusiles Winchester; algunos de nosotros fuimos muertos en aquellas batallas.
El viaje en tren era también la excusa ideal para hacerse la “chupina” al colegio; qué padre no perdonaría el magnetismo de la aventura.

El tren salía desde una pequeña estación ubicada en la esquina de la calle Entre Ríos e Hipólito Yrigoyen. 
Sobre la misma vereda ancha del ferrocarril, separado del tren por una verja de hierro que en partes aún se conserva, un busto de Sarmiento emplazado en un pedestal con placas de bronce, recordaba al prócer sanjuanino.
Ese año el acto del día del maestro empezó a las nueve, con la concurrida presencia de alumnos, autoridades y maestros.
Cuando la niña Azucena de cuarto grado recitaba un poema alegórico, el silbato del tren de Las Playas anunció que partía. Al moverse, una cadena atada al último vagón disimulada en el césped de la vereda vivoreó en el piso, se tensó atada al cuello del busto, disimulada hasta ese momento por una corona de flores y, a pesar de su cuello firme y ancho, la cabeza salió decapitada rebotando contra las verjas del ferrocarril.
La Policía lo fue a buscar directamente a la casa, Valaro negó todo, porque una sonrisa que no podía ocultar, unas botas militares y una bandera celeste y blanca que envolvía su cuerpo no podían ser pruebas que lo comprometieran.
Entre las autoridades educativas y la Policía acordaron que un día antes y uno después del día del maestro, Valaro estaría “guardado” en la comisaría.
Incomprendido se fue varios años de la ciudad, pero a Villa María se vuelve siempre.
Me di cuenta que estaba de regreso una madrugada; el nuevo busto de Sarmiento con abundante cabellera y bigote, pintado con una espesa brea negra, todavía fresca, temía por su cabeza.

*Escritor, radicado en Buenos Aires, autor de varios libros

“María, como mi madre, que aún te habita; como mis hermanas, como mis hijas...”
El país del yo-yo, la pelota, la Cinzia, la “Farándula”
Escribe: Claudio Massetti *
Tengo 45 años, nací en Villa María el 17 de marzo de 1962. Y aunque viví allí hasta cumplido los 18, me siento eternamente villamariense. 
No es lo mismo “vivir” que sólo habitar un lugar. Y en la Villa pude vivir plenamente, jugar, disfrutar, aprender, amar, soñar, ayudar, convivir, experimentar, actuar, crear, crecer, representar, conocer,… y tantos otros verbos como objetivos de vida cumplidos. 
Llegué al mundo en la calle Santa Fe 1682, del barrio Florentino Ameghino, con partera de por medio, nada de sala de partos, obstetras ni cirujanos: Doña Helena, que también trajo al mundo a mis cuatro hermanos, siempre en casa y en la cama de mamá. En la habitación de mis padres hay una ventana en ochava que comunica con el comedor, allí estaban todos los niños, vecinos, de la cuadra y sus alrededores: los Magrín (Horacio, Omar y Gustavo), las Parajón, los Raimondi, mis primas Garrido y varios más, que ensancharon la ventanita para ver el acontecimiento. Fue mi primera actuación pública, palmadita en la cola y llanto progresivo que generó ¡un gran aplauso!
Las calles Santa Fe y Alberdi eran terreno ideal para todo tipo de juegos: ring raje, el fútbol, las figuritas, los indios y vaqueros, los gladiadores, la escondida, el trompo, el yo-yo, el taca-taca, las payanas,  acrobacias por los techos, chozas en los paraísos. Uno de los juegos preferidos era “Combate”, inspirado en la serie televisiva que se veía en el TV blanco y negro; aprovechábamos que en la calle habían hecho pozos enormes y alargados, similar a las trincheras (se estaban construyendo la red de cloacas). Las profundas canaletas con altos montículos de tierra eran el escenario ideal para el juego. Juan y Miguel Rufinatti, Golo y Gachi Magrín y yo en una trinchera,  en la del frente Carlitos y Fernando Parajón, el Vasco Bonansea, Julio y Gabriel Pastor y Carlitos Alonzo.  Todos munidos de cascos de plástico, en algunos casos “pelelas” adaptadas y las ametralladoras del “Sargento Sander” de plástico. Yo hice un alto en el juego y entré a mi casa a pedirle a mi papá que me comprara la deseada ametralladora de juguete, ya que la mayoría de los chicos la tenían y evitaban hacer el ruido con la boca, porque tenía una matraca interior que se accionaba con el gatillo. Mi viejo me lo negó, pero fuimos juntos a un tallercito que tenía en el fondo y con tres maderas, una banqueta rota, lija, clavos y un poco de pintura, improvisó una ametralladora con trípode. 
¡Cuál fue la sorpresa de los chicos cuando salí con semejante “armamento”¡ Mi viejo zafó y yo estaba muy conforme. Jugamos todo el fin de semana, sólo paramos para comer y dormir. Resultado: magullones por la lucha cuerpo a cuerpo, ojos irritados por los cascotazos de tierra y algún que otro moretón por los saltos a las trincheras. 
Durante los días de semana, pasaba a buscarnos el padre Hugo en su camioneta, desvencijada, doble cabina y hacíamos: catequesis, metegol, fúltbol y ayudábamos a cocinar y servir  en el comedor comunitario de la Parroquia de Lourdes. Eramos sus monaguillos y nos tomábamos el vino de misa al concluir el evento.
Pasado algún tiempo, una amiga de la parroquia me invitó a un “asalto”. Sí, pude asistir a mi primera experiencia de baile, llevando bajo el brazo dos “discos simples” de vinilo: “Las olas y el viento”, de Donald y  “El extraño del pelo largo”, de la Joven Guardia. Los varones con botella de Coca de un litro con envase retornable de  vidrio y las chicas llevaban tortas y sándwiches. Jamás olvidaré ese patio de tierra regado, con guirnaldas y todos bailando al ritmo que imponía el “Winco” portátil.
El gran cambio en mi vida se produjo con mi primera bicicleta, las fronteras del barrio quedaron chicas y “la bici Cinzia” nos llevaba a todos lados. La primera gran ruta fueron los bulevares, zigzagueando por los canteros centrales entre las palmeras generamos un verdadero circuito de bici cross por los cuatro bulevares. Luego se extendió hasta el río. Allí la aventura era suprema: hamacas construidas con las ramas de los  sauces, trampolines con troncos y ramas sobre la costa... y lo máximo, era conseguir cámaras de auto y navegar desde el puente "Negro" hasta el “Sport “. Nuestros padres nunca se enteraron.
Con muchos de los niños que hacíamos esa travesía al pasar los años, fuimos bomberos voluntarios y formamos parte del cuerpo de salvataje, por el gran conocimiento del río y la destreza que  adquirimos para recorrerlo.
El colegio secundario fue una experiencia increíble. El Rivadavia fue un ámbito mágico donde nos transportamos como si viajáramos en una gran nave espacial, al mundo de la creatividad, la experimentación y el estudio “disfrutado” y vivenciado. 
Disculpen los egresados del Nacional, Trinitarios, Comercial, del Trabajo o Rosarinas, pero la intensidad y la participación en actividades que generaba el ISBR, no tienen parangón. Las experiencias de campamentos de biología con el profesor Parmensini (no recuerdo como escribirlo); las clases de historia de la Pipi Galli; las de matemáticas con Sicotino; Geografía con la Longo; las de Química con “La Tartaglia”; las de gimnasia con La Chola Bravo; las actividades especiales de los miércoles y los viernes: periodismo, gimnasia especial, teatro, coro, instrumentos musicales y varias más. 
Pero hubo dos actividades que marcaron fuertemente mi vida: la Farándula y la “tribus” en gimnasia. Dividíamos el colegio en dos tribus: Los Waico y Los Topac, organizábamos competencias deportivas todos los sábados en todas las categorías y disciplinas, al final del año ganaba la tribu que más puntaje obtenía. Fui cacique fundador y por dos años consecutivos de la tribu Topac, aprendiendo a liderar grupos, organizar y planificar actividades donde todos tenían que participar.
Para preparar la Farándula, pasado los últimos fríos de agosto, nos reuníamos todos en el anfiteatro con el “Oso” Lozita como director general del evento y motivándonos a los más increíbles desafíos: construir naves espaciales con alambre, madera, papel, engrudo y la música de “Odisea 2001“ de Pink Floyd, representar encuentros con extraterrestres danzarines o adaptar las primeras tiras de “Inodoro Pereyra, el renegau” de Fontanarrosa y convertirlo en relato con una gran pantomima al estilo de Juan Moreira (primera obra de teatro nacional), con más de 60 actores, alumnos en escena y otros tanto como utileros, musicalizadores, guionistas, escenógrafos y expertos cebadores de mate. La voz en off era del padre de Marcos Morales. 
El público disfrutaba, de a miles, nuestras representaciones. Para hacer el personaje me permitieron en el colegio usar el pelo largo, tipo “afro”. Tengamos en cuenta la época, con la dictadura militar gobernando con prohibiciones y restricciones de todo tipo.
Los gringos Miguel, hicieron de “caballo”, Sergio Toranzo de Mendieta, Gache Magia de rubia noble en el balcón, Walter Merlo de cacique Traful, Hernán Kamienski de indio secretario del cacique, el gordo Avalle de indio “pataquén” malo y fornido, el Negro Veronese de Eulogia, Andrea Constantino de hechicera, muchos de gauchos, indios y hasta de árboles. Yo aparecía en escena, personificando a Pereyra, saliendo de un gran inodoro que construimos con diseño del Fatiga Escurra, e intentaba conquistar una “prienda”, hasta que aparece en escena Marisa Coria… con una diminuta tanga, representando la india perdida… A pesar de que ensayamos mucho, nunca la había visto con el vestuario definitivo. Fue tal mi conmoción que me quedé tieso frente a semejante escultura de mujer y ella posesionada con el personaje, me abrazó. En ese momento se me nubló la vista, me olvidé de los siete mil asistentes y me dispuse a tomarla fuerte de la cintura. Cuando de pronto, aparece el gordo Avalle y la arranca de mis brazos. Ahí reaccioné, subí al lomo del Caballo (espalda del gringo Miguel) y me tuve que conformar con el Negro Veronese disfrazado de Eulogia.
Fue espectacular, al otro día la gente nos paraba por la calle para felicitarnos, nos pusieron un diez en literatura (¡gracias Negro Fontanarrosa!) por la adaptación del guión y yo confirmé lo que más me gustaba en la vida, actuar. Qué maravillosa adrenalina corría por mi cuerpo cuando estaba en ese escenario. Que experiencia increíble. De allí en más no paré de actuar, todos los años presentábamos puestas en escena maravillosas: Fiebre del jueves por la noche, donde construimos un boliche en la selva y los personajes eran mitad humano y mitad animal.
Seguimos participando en la Farándula, incluso después de haber egresado del colegio.
Estas son algunas de las muchas anécdotas vividas en la Villa, donde el tiempo se aprovechaba el doble. ¿Cómo influyó en mi vida posterior? Y, fui actor, mimo en la ciudad de Córdoba y trabajé en los principales escenarios de la provincia, por no decir todos. Llegué a ser director de cultura de la Municipalidad de Córdoba durante ocho años y tuve la oportunidad de construir espacios para el arte y la cultura en el sentido más amplio del concepto.
Ahora en Buenos Aires, después de haber dirigido uno de los espacios de exposición más importantes del país, el Palais de Glace, y desde el año 2002 como director ejecutivo del centro Cultural San Marín, confirmo que Villa María me llenó de significados, diversos, intensos, únicos e irrepetibles, símbolos de identidad que no se pierden y se reconstruyen siempre.
María, como mi madre que aún te habita; María, como mis hermanas Dolores y Cristina; María, como mis hijas, Carmen, Macarena y Luján, que te conocen por mi recuerdo; María, por la hija de don Anselmo que te fundó y la de Lourdes, que la Villa Carlos intentaba proteger. María con vientos de rabia y rebeldía. María ciudad distinta, diferente, aún a ti misma. 
Villa María, ¡te quiero mucho! 
*Actor y gestor cultural. radicado en Buenos Aires. 
Director del Centro Cultural San Martín

“Las ciudades son como personas”
Desde lejos, se te nota
Escribe: Javier Morello*
Te amo, te odio, dame más
(Charly García)

Todos los hombres 
del mundo 
tienen un hermano 
en Villa María
(Pirucho Parodi)

Empecemos con dos lugares comunes: las personas somos como nos ven, y las ciudades son como personas. La primera, por repetida es ya un axioma y la segunda se demuestra con el interminable playlist de canciones que declaran su amor eterno a París, Santiago del Estero, New Orleans o New York como si de mujeres se tratara. 
Villa María también ha sido vista como una persona, más precisamente menor de edad: “Si me preguntan cuál es la niña que yo más quiero...”, etcétera. Dejo planteada para otro momento la sospecha de que ésta no es la pieza más afortunada de Hernán Figueroa Reyes y prosigo.
Si Villa María es una ciudad, y las ciudades son como las personas y las personas son como las ven los demás, acercarse a una descripción desde el cómo la miran y la recuerdan los que la conocieron (o nos conocieron, que las ciudades no son solo casas sino también gente) es una aproximación tan válida como cualquier otra.
Algunos elegirán hablar de Villa María desde sus personajes y no faltará el que la piense y la recuerde desde el río. Yo elijo tratar de recordar cómo nos ven los demás. Otro paréntesis, hablando del río: para mí seguirá siendo el Tercero. En este mismo diario, con Mario Rulloni y Toul alguna vez especulamos en cómo modificar la letra de la zamba antes mencionada a partir del cambio de denominación. Hasta que un estudioso de las lenguas aborígenes nos aseguró que Ctalamochita quiere decir “tercero”, Suquía “primero” y Coconcho cierta parte del cuerpo humano que sería de mal gusto leer en este suplemento.
Bueno, el caso es así, vamos al grano que ya estamos por la línea 30 y Stocchero se enoja si no enfocamos. El caso es así, repito (y de paso completo la línea 32) uno se va a estudiar a otro lado, y se va quedando, y viaja por ahí, por laburo y placer. Y se encuentra con gente. Y la gente dice:

-¿De qué parte de Córdoba sos?
-¿Tanta tonada tengo?
-Sí, pero de qué parte.
-Ah… De Villa María.
-¡Que lindo, las sierras!
-Sí, pero…
-Y los salames… ¡Los salames!
-Sí, para algunos somos medio salames los villamarienses pero…
-A mí me gusta más el pueblito que está al lado
-Villa Nue…
-Caroya, Colonia Caroya.
Esto, si el interlocutor es despistado del tipo turístico. Porque si es despistado del tipo intelectual te sale con el Romancero del Río Seco de Lugones.
-No, Villa María dije, no Villa DE María.
Ahora bien, si el interlocutor conoce realmente Villa María, la charla toma otros rumbos. Porque pareciera que el que la conoce no la olvida.  Y así vas juntando a lo largo de una vida fragmentos y recuerdos ajenos de tu ciudad, que a lo mejor sirven para responder a un pedido de Stocchero, esta noche en la que estoy contando las líneas para ver si llego a las sesenta.
Porque, curiosamente, y como dice uno de los epígrafes de la nota, casi toda la gente que he encontrado por ahí, tiene algún recuerdo de Villa María, explicado por la presencia de un hermano, una prima, un tío.
Para viajantes de comercio, camioneros, y asistentes de cámara, Villa María es la ruta pesada, la modesta Amsterdam de vidrieras y chicas con frío, y un polvo sórdido, y muchas veces irrepetible. Acompañan el recuerdo con una risotada cómplice de cejas levantadas. 
Para ciertos tipos trajeados que nunca pisaron barro, Villa María es soja, como antes fue leche, y mañana quién sabe qué. Le nombrás la ciudad con nostalgia y ellos te salen con commoditties.
Para alguna mochilera que bajó desde Venezuela hasta Tierra del Fuego Villa María es el camping, el gaucho, y un flaco, del mismo color del río, que la hizo olvidar por unas semanas el camino.
Para unos cuantos Villa María es el pueblo de… El lugar donde nació tal o cual persona que querés o que respetás o que admirás. El pueblo de Gustavo Ballas, el pueblo de la flaca esa que iba a la facultad conmigo y que estaba más buena que comer dulce de leche con la mano, el pueblo de Edith Vera, o de la Pepona Reinaldi, o de Eduardo Requena.
Para los fanáticos de los Redonditos de Ricota y para los músicos populares de cierto renombre será el anfiteatro. Para otros artistas, más sensibles o nostálgicos, Villa María es esa ciudad donde los escucharon cuando se hacían de abajo y así Dady Brieva recuerda Kabranka, y Rubén Juárez te podría describir hasta el color de las paredes de una peña cuyo nombre olvidó, y algún guitarrista, alguna cantante seguro dirán: fue la primera vez que sentí que el público me quería y cerraba los ojos para oírme. Para Baglietto, para Fito, si tienen memoria, el club Ameghino, debería ser la postal que guarden de Villa María, cuando llegaron de gira en un colectivo semidestruido allá en los ochenta. Y para cortarla con los músicos nombro sólo dos artistas más: para Ricardo Soulé Villa María debe ser la voz del flaco Meinardi llamando de larga distancia para contarle cómo se sentía el blues acá, tan sólo.
¿Y para mí? Para mí Villa María es un poco todo eso. Y más. Te cuento como veo a Villa María. Villa María es la gente que quiero. Es donde aprendí a ser amigo de verdad. Y también lo otro. En Villa María alguien que quiero me habrá traicionado o me habrá roto el corazón y eso me hizo ser lo que soy y está bien que así sea. 
Villa María es mis abuelos, y mis viejos, y mis hermanas y mis sobrinos. Mis hijos quieren a Villa María, donde yo nací, tanto como yo quiero a Buenos Aires donde nacieron ellos. Si las ciudades son personas, Villa María, quiero ser tu novio. Aunque suene pavote. 

*Guionista de TV y cine, radicado en Buenos Aires